martes, 8 de octubre de 2013

LA LEYENDA MASÓNICA DE HIRAM ABIFF


La leyenda de Hiram constituye el alma de la masonería desde el siglo XVIII, siendo su narración el eje respecto al cual los distintos -y, frecuentemente, abstrusos- rituales de admisión cobran su sentido, tal como ha divulgado el estudioso Robert Ambelain.

El rey Salomón, hijo de David, recibió de Dios la misión de construir el templo de Jerusalén siguiendo las instrucciones del profeta Natán, al que el Señor dió en sueños las indicaciones necesarias. Hiram, rey de Tiro, amigo de su padre, le aporta ayuda en materiales y, sobre todo, en obreros ("masones" o "constructores"). Uno de ellos fue Hiram Abiff, llamado "el fundidor".

Salomón encargó a Hiram que realizase el diseño de todas las obras de decoración del Templo. Éste instaló el taller de fundición en una explanada no lejos del Jordán y otorgó a los trabajadores tres categorías: Aprendiz., Compañero y Maestro, enseñándoles signos, toques y palabras de paso. Había 70.000 aprendices, 8.000 compañeros y 3.600 maestros.

Un día, Hiram se dispone a efectuar el vaciado del mar de fundición de bronce para el Templo en presencia de Salomón y de Balkis, reina de Saba, a la que Salomón quiere seducir, a fin de casarse con ella. El pueblo de Israel asistirá al vaciado.

Benoni, ayudante y fiel discípulo del maestro de obras, ha sorprendido a la caída de la noche a tres obreros que, desesosos de conseguir la maestría que no les corresponde, conspiran contra Abiff. Son Fanor el sirio, albañil, Anru el fenicio, carpintero, y Metusael el judío, minero. Resentidos, sabotean el molde del futuro mar de bronce. Benoni advierte a Salomón de la traición de los tres cómplices, pero el rey, celoso de la admiración que la reina Balkis siente ya por Hiram, deja que prosigan los preparativos expectante por ver humillado al fundidor.

Al ponerse el sol, Hiram da la orden de proceder al vaciado. Y el gigantesco molde en que debe fundirse el mar de bronce, y que ha sido manipulado, se agrieta. El metal en fusión surge bruscamente y salpica a la horrorizada multitud. Benoni, desesperado por no haber advertido personalmente a Hiram, se arroja entre la ardiente lava.

Poco después, solo, abandonado de todos, Hiram sueña ante su obra destruida. De pronto, de la fundición que brilla enrojecida en las tinieblas de la noche se alza una sombra luminosa. El fantasma avanza hacia Hiram, que lo contempla con estupor. Su busto gigantesco está presidido por una dalmática sin mangas; aros de hierro adornan sus brazos desnudos; su cabeza bronceada encarnada por una barba cuadrada, trenzada y rizada en varias filas, va cubierta por una mitra de plata dorada; sostiene en la mano un martillo de herrero. Sus ojos, grandes y brillantes, se posan con dulzura en Hiram y, con una voz que parece arrancada de las entrañas del bronce, le dice:

- Reanima tu alma, levántate, hijo mío. Ven, sígueme. He visto los males que abruman a mi raza y me he compadecido de ella...

- ¿quién eres?, pregunta Hiram.

- La sombra de todos tus padres. ¡Ven! Cuando mi mano se deslice sobre tu frente, respirarás en la llama. No temas nada. Nunca te has mostrado débil.

- Dónde estoy? ¿Cuál es tu nombre? ¿Adónde me llevas?, dice Hiram.

- Al centro de la Tierra, en el alma del mundo habitado. Allí se alza el palacio subterráneo de nuestro padre, al que Egipto llama Hermes y que Arabia honra con el nombre de Edris...

- ¡Potencias inmortales! (exclama Hiram) Entonces es verdad. ¿Tú eres...?

- Tu antepasado..., tu amo y tu patrono. Yo fui Tubalcaín (en seguida veremos lo que implica este nombre).

Llevándole como en un sueño a las profundidades de la Tierra, Tubalcaín instruye a Hiram Abiff en lo esencial de la tradición de los cainitas, y le muestra la larga serie de sus antepasados: Enoc, que enseñó a los hombres a construir edificios, a unirse en sociedad, a tallar la piedra; Hirad, que supo antaño aprisionar las fuentes y conducir las aguas fecundas; Maviel, que enseñó el arte de trabajar el cedro y todas las maderas; Matusael, que imaginó los caracteres de la escritura; Jabel, que levantó la primera tienda y enseñó a los hombres a coser la piel de los camellos; Juabl, el primero en tender las cuerdas del cinnor y del arpa, extrayendo de ellos sones armoniosos... Y por último, el propio Tubal caín, que enseñó a los hombres las artes de la paz y de la guerra, la ciencia de reducir los metales, de martillear el bronce, de encender las forjas y soplar los hornillos.

Y entonces le transmite a Hiram el secreto luciferino: Al comienzo de los tiempos, hubo dos dioses que se repartieron el Universo, Adonai, e Iblis (también llamado Samael, Asasel, Lucifer, Prometeo y Baphomet), el amo del fuego. Adonai crea al Primer Hombre del barro que le está sometido y lo anima. Movido a compasión por el bruto e incomprensivo que Adonai quiere convertir en su esclavo y su juguete, Iblis y los Elohim (los dioses secundarios) despiertan su espíritu, el dan la inteligencia y la comprensión.

Mientras Lilith, la hermana de Iblis, se convertía en la amante oculta de Adán, el Primer Hombre, y le enseñaba el arte del pensamiento, Iblis seducía a Eva, surgida del Primer Hombre, la fecundaba y, junto con el germen de Caín, deslizaba en su seno una chispa divina. En efecto, según las tradiciones talmúdicas, Caín nació de los amores de Eva e Iblis, y Abel de la unión de Eva y Adán

Más tarde, Adán no sentirá más que desprecio y odio por Caín, que no es su verdadero hijo. Un día, Caín, cansado de ver la ingratitud y la injusticia, se rebelará y matará a su hermano Abel.

Para justificarse, Caín responde personalmente a Hiram. Insiste sobre lo doloroso de su suerte. Sólo él trabajaba la tierra, arando, sembrando, recolectando, efectuando todas las labores penosas, mientras que Abel, cómodamente echado bajo los arboles, vigilaba sin esfuerzo los rebaños. Cuando les tocaba ofrecer los sacrificios prescritos a Adonai, amo exterior de la esfera terrestre, Caín elegía una ofrenda incruenta: frutos, haces de trigo. Abel, por el contrario, ofrecía en holocausto a los primogénitos de sus rebaños. Y, presagio funesto, el humo del sacrificio de Abel subía recto y orgulloso en el espacio, mientras que el del fuego de Caín caía hacia el suelo, mostrando el rechazo de Adonai.

Caín explica entonces a Hiram que, en el curso de las edades, los hijos nacidos de él, hijos de los Elohim, trabajarán sin cesar por mejorar la suerte de los hombres, y que Adonai, lleno de celos, tras intentar aniquilar a la raza humana mediante el Diluvio, verá fracasar su plan gracias a Noé, advertido en sueños por los Hijos del Fuego sobre la inminente catástrofe.

Al devolver a Hiram a los límites del mundo tangible, Tubalcaín revela al fundidor que es descendiente de Caín, ‘último príncipe de la sangre’ del Ángel de Luz e Iblis”, y que que Balkis, la esposa que le está destinada desde la eternidad, pertenece también al mismo linaje.

Tras regresar al Templo conducido por Tubalcaín, Hiram Abiff está aturdido por el sueño y las visiones. Pero ha recobrado la fe en su trabajo, al que retorna con renovadas fuerzas.

Casi terminadas las obras del Templo de Jerusalén, antes de la partida de la reina de Saba, Hiram y Balkis se unirán en secreto, a pesar de la celosa vigilancia de Salomón. Hiram, descendiente de las Inteligencias del Fuego, y Balkis, descendiente de las Inteligencias del Aire, no podrán sin embargo permanecer unidos.

Fanor, Anru y Metusael, apostados cada uno en una puerta del Templo, invitaron a Hiram a desvelar sus secretos. Como éste no quiso revelar la "palabra secreta" (la contraseña de los maestros), cada uno le asestó un golpe (uno con una regla sobre el gaznate, otro con una escuadra de hierro sobre el pecho izquierdo y un tercero con un mazo en la frente) El crimen tendrá lugar dentro del Templo en construcción, desierto en ese momento. Y Balkis, al regresar al país de Saba, sin haber sido nunca la esposa de Salomón, se cruzará, sin verlos, con los tres asesinos, que se llevan el cadáver de Hiram para enterrarlo en secreto. Los asesinos escondieron el cuerpo sin vida de noche en un bosque, plantando sobre su tumba una rama de acacia.

Sólo se estremecerá en su seno el niño que va a nacer de sus amores fugitivos con el Maestro Obrero, ese niño que será más adelante el primero de los "hijos de la viuda" (título con el que los masones se reconocen entre ellos).

Tal es la leyenda de Hiram, que no hará su aparición en el seno de la francmasonería especulativa hasta alrededor de 1723. La francmasonería especulativa de los siglos anteriores la ignoraba. Hasta ese momento, Hiram no gozaba de mayor importancia en los relatos iniciáticos que Nemrod, Noé, Abraham o Moisés.

La cosa se comprende fácilmente, ya que en la Biblia Hiram queda reducido a su papel de fundidor, sin que se le presente en ningún momento como el arquitecto del Templo de Jerusalén. Si se quiere precisar la verdadera identidad de ese Arquitecto, hay que atenerse al relato bíblico, según el cual fue el mismo Dios quien comunicó los planos a David, por mediación del profeta Natán, durante una visión o un sueño.

(Fuente: http://lasguerrasmesianicas.blogspot.com.es/)

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