viernes, 27 de septiembre de 2013

LOS MITOS ACERCA DEL "PUEBLO JUDÍO" SON UNA INTERESADA FALSIFICACIÓN DE LA HISTORIA (2ª parte)


La historiografía oficial israelita, al erigir en dogma la pureza de la raza, atribuye a las sucesivas diásporas la formación de comunidades judaicas en decenas de países.

La Declaración de Independencia del Israel afirma que, obligados a ello, los judíos se esforzaron a los largo de los siglos por regresar al país de sus antepasados. Se trata de una mentira que falsifica groseramente la Historia. La gran diáspora es una ficción, como las demás. Después de la destrucción de Jerusalén y la construcción de Aelia Capitolina solamente una pequeña minoría de la población fue expulsada. La aplastante mayoría permaneció en el país.

¿Cuál es el origen entonces de los antepasados de unos 12 millones de judíos hoy existentes fuera de Israel?

Al responder a esta pregunta, el libro de Shlomo Sand, desmonta el mito de la pureza de la raza, esto es de la etnicidad judaica. Una abundante documentación reunida por historiadores de prestigio mundial revela que en los primeros siglos de Nuestra Era hubo masivas conversiones al judaísmo en Europa, en Asía y África. Tres de ellas fueron particularmente importantes e incomodan a los teólogos israelitas.

El Corán establece que Mahoma encontró en Medina, en la fuga de la Meca, grandes tribus judaicas con las cuales entro en conflicto, acabando por expulsarlas. Pero no aclara que en el extremo Sur de la Península Arábiga, en el actual Yemen, el reino de Hymar adoptó el judaísmo como religión oficial. Cabe decir que llegó para quedarse. En el siglo VII el Islam se implantó en la región pero, transcurridos trece siglos, cuando se formó el Estado de Israel, decenas de millares de yemenitas hablaban el árabe, pero continuaban profesando la religión judaica. La mayoría emigró para Israel donde, además, hoy son discriminados.

En el Imperio Romano, el judaísmo también creo raíces. El tema mereció la atención del historiador Dión Cassius y del poeta Juvenal. En la Cirenaica, la revuelta de los judíos de la ciudad de Cirene exigió la movilización de varias legiones para combatirla.

Pero fue sobre todo en el extremo occidental de África que hubo conversiones en masa a la religión rabínica. Una parte ponderable de las poblaciones bereberes se adhirió al judaísmo y a ellas se debe su introducción en el Al Andalus.

Fueron esos magrebinos los que difundieron en la Península el judaísmo, los pioneros de los sefarditas que, después de la expulsión de España y Portugal, se exiliaron en diferentes países europeos, en África musulmana y en Turquía.

Más importantes por sus consecuencias fue la conversión al judaísmos de los Khazars, un pueblo nómada turcófono, emparentados con los hunos, que viniendo del Altai, se asentó en el siglo IV en las estepas del bajo Volga. Los Khazars, que toleraban bien el cristianismo, construyeron un poderoso estado judaico, aliado de Bizancio en las luchas del imperio Romano de Oriente contra los persas sassánidas.

Ese olvidado imperio medieval ocupaba un área enorme, del Volga a Crimea y del Don al actual Uzbekistán. Desapareció de la Historia en el Siglo XIII cuando los Mongoles invadieron Europa destruyendo todo por donde pasaban. Millares de Khazars, huyendo de las hordas de Batu Khan, se dispersaron por Europa Oriental.

Su principal herencia cultural fue inesperada. Grandes historiadores medievalistas como Renan y Marc Bloch y el escritor húngaro-ingles Arthur Koestler identifican en los kahzars a los antepasados de los asquenazíes cuyas comunidades en Polonia, en Rusia y en Rumanía vendrían a desempeñar un papel crucial en la colonización judaica de Palestina.

Miguel Urbano Rodrigues
(Fuente: http://odiario.info)

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