sábado, 17 de agosto de 2013

TANGERINE DREAM, MÚSICA DESDE LOS CONFINES DE LA MENTE


En el revuelto panorama de finales de los años 60, una generación de inquietos músicos alemanes buscaba una forma de expresión que les dotara de identidad frente a la música adocenada de sus mayores y a la pujanza del colonialismo pop-rock anglosajón. El hallazgo que les aglutinó en torno al club Zodiac de Berlín fueron los primeros sintetizadores que se comercializaron, una novedad tecnológica que permitía comenzar musicalmente de cero, creando un sonido absolutamente inédito y para el que las reglas estaban por inventar. Lo que siguió a este descubrimiento es historia.



Uno de los jóvenes que se movía en aquel ambiente entusiasta era Edgar Froese. Pintor vinculado a la órbita de Salvador Dalí, guitarrista, teclista y, en general, creador en estado de constante ebullición, fue rodeándose de otros músicos -entre los que se encuentran los luego reconocidos Klaus Schulze, Michael Hoenig o Conrad Schnitzler- dando salida a un sonido extraño, surrealista y fríamente "cósmico" del que da testimonio "Electronic Meditation" (1970), primer álbum de su "juguete", Tangerine Dream ("sueño de la mandarina"), chocante nombre que es también el de una celebrada variedad de "cannabis".

La eclosión del sonido característico de la banda llegó gracias a su consolidación como trío con la adición de los talentosos Christopher Franke, también batería, y Peter Baumann, quien aportó a la banda su absoluta pericia en el manejo de los secuenciadores, aportando una base rítmica obsesiva a los paisajes sonoros de sus compañeros, y que definió el estilo que desde los 70 se conoce como "escuela de Berlín" (frente a la robótica "escuela de Dusseldorf", liderada por los hoy exitosos Kraftwerk).



Para el quinto álbum de la formación, "Phaedra" (1974), son fichados por Virgin Records, sello creado por Richard Branson, quien aúna el correr riesgos con un éxito comercial inaudito (el primer lanzamiento del sello había sido la extraña sinfonía "Tubular Bells" de un chico prodigio de solo 19 años llamado Mike Oldfield). Es el comienzo de una extraordinaria sucesión de obras maestras ("Rubycon", "Ricochet", "Green Desert", "Encore", "Cyclone", "Force Majeure"...) que pueden recomendarse sin ninguna reserva.

El grupo funciona como una sola mente de matemática precisión. Sus obras son largas improvisaciones en las que los tres músicos se sincronizan a la perfección, sin que intercambien gesto o indicación alguna más allá de alguna anotación en una pizarra sobre el compás en el que interpretar. Sentado cada uno ante sus teclados, parecen comunicarse telepáticamente para la feliz perplejidad de su audiencia. Nunca daban dos conciertos iguales, algo de lo que da testimonio la edición de sus grabaciones en directo de los años 70, un material sorprendente que atestigua la frecuente superioridad de sus improvisaciones en el escenario sobre las ciertamente meritorias obras grabadas en el estudio.



Especial atención merece su obra de 1976 "Stratosfear", un álbum menos oscuro y ominoso que sus sobrecogedoras grabaciones previas, y en el que el trío planifica cada secuencia y cada melodía, trabajando la composición al modo clásico -pentagrama y metrónomo- en vez de seguir su aleatorio sistema habitual.

Incluyen también instrumentos más convencionales -piano, guitarra, órgano-, en particular una crepuscular armónica que da al disco un aire de banda sonora de western psicodélico, en la línea de "El Topo".

El disco, pensado para lanzar a sus autores al liderazgo absoluto de la música electrónica, en la cual solo parece poder hacerles sombra el griego Vangelis, obtiene una repercusión y ventas nada desdeñables, aunque su lanzamiento viene a coincidir con el de otra obra de parecidas intenciones, "Oxygene", la asombrosa sinfonía cósmica pergeñada por el brillante hijo del músico Maurice Jarre, Jean-Michel. De alguna manera, el francés viene a recoger todo lo sembrado por Froese y cía en los años precedentes, alzándose con el trono de la música sintetizada gracias a lo radiable de su propuesta y a su sentido de la mercadotecnia y el espectáculo.



En los años 80 la sustitución de los sintetizadores analógicos por la tecnología digital, la realización de bandas sonoras para el mercado americano y la sucesiva marcha de Franke y Johannes Schmoelling (sustituto de Baumann, quien se había dado de baja en 1977), que da paso a una constante sucesión de distintos miembros, originan unos Tangerine Dream "diferentes", más orientados a la música "new age" y menos arriesgados musicalmente. El grupo, todavía en activo -en este 2013 han publicado "Starmus", un doble álbum a medias con Brian May, guitarrista de los añorados Queen, y el notable "Cruise to Destiny"-, vuelve a ser la banda que rodea al patriarca (el término no es casual, militando en la formación actual tanto su esposa como su talentoso hijo Jerome) y "alma mater" del fecundísimo proyecto, Froese.


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