viernes, 21 de junio de 2013

VÍCTOR TRUVIANO, RETRATO DE UN SER EXCEPCIONAL (1): LA ANOMALÍA



“Hacemos lo que somos”.

Es una de las sintéticas y concisas afirmaciones que brotan de los labios de Victor, intercaladas por largos silencios y afables sonrisas. Como el Funes de Borges, vive en un presente pleno de percepciones, centrado en cada sensación actual, sin ceder a la distracción de recordar el pasado o prever minuciosamente el futuro. Su plenitud es constante y permanente.

Afirma no tener mucha conciencia del tiempo. Las rutinas que nos urgen a la mayoría, sometiéndonos a la tiranía de un horario, no le atan en modo alguno: trabajo monótono, vida social, comidas, … menos que nada las comidas. Porque -y es lo que le ha convertido en una celebridad a los ojos de gente subyugada por lo espectacular- ya va para ocho años que no ingiere alimento alguno. Es inaceptable para muchos, e incomprensible para todo el que se lo plantea, pero Victor Truviano es un espíritu angélico que habita en un organismo autótrofo, algo inesperado en la especie humana, aunque no del todo inédito, como veremos en su momento.

Esa circunstancia, inconcebible para quienes aceptan como indisociable la dupla nutrición-supervivencia, no responde a ningún deseo ni proyecto cumplido. Sencillamente, cuando dejó de sentir apetito, obró en consecuencia.

“No me preocupa no tener una explicación para esto. Sencillamente, me sucede -afirma-. Tendrán que ser los médicos quienes lo expliquen”.

Solo que los médicos -alguno de los cuales empezó considerándole una anomalía y acabó por fraguar una duradera amistad con él- ignoran qué explicación puede dar cuenta de su extraordinaria condición. Lo que sucede es lo que hay que aceptar. Y, como añade maliciosamente, “nada es mejor que otra cosa”.

Su extraordinaria liberación de la servidumbre que impone el alimento le ha conducido también a desligarse de los ritos sociales que construimos en torno al comer. Sin conversaciones de sobremesa (“Nunca hablo por hablar”), sin horarios, vive en una espontaneidad infantil y dichosa, un estado en el que el único deber parece ser el de compartir su don, don que no es el ayuno permanente -“nunca recomiendo a nadie que busque el dejar de comer”-, sino en el vivir en la conciencia pránica, la conciencia de la “no-separación”, como él denomina su estado interior.

Posiblemente, ese estado es el que los místicos de todas las tradiciones han buscado con afán. Por expresarlo en la vaga terminología de una sensibilidad “new age” que intuye la plenitud espiritual, pero es incapaz de diseñar un proyecto que conduzca a ella, Victor “está conectado”. Conectado con ese eje que revela nuestro lugar en el Todo y que se ha denominado alternativamente Tao, espíritu, Universo, Luz, Dios, Amor, Ser, … y que él, renuente a las grandes palabras sobrecargadas de connotaciones, no etiqueta, y llama, simplemente, “la Cosa”.

Ese rechazo a los presupuestos y a las categorías culturales del interlocutor para preferir las palabras sencillas y “neutras” es uno de los rasgos de Victor que más desafía la racionalidad al uso. Incumple sin culpabilidad la cortesía de someterse a las convenciones del lenguaje que nos permiten esa comunicación aceptable que antepone la eficacia a la veracidad. Declara no saber aún muy bien qué es “lo espiritual”. Prefiere hablar de “lo álmico”, sin molestarse en definirlo. Su modo de expresarse -hablar de su “discurso” desfiguraría su intención- es de una desarmante ingenuidad. Traduce su relectura “a posteriori” del prodigio que “la Cosa” ha obrado en él mediante expresiones (“retroalimentación celular”, “reprogramación neuronal”, …) que, sin duda, podrían ser mejoradas. Pero Victor no es un científico ni un estratega. Pedirle que concrete su vivencia sería inútil. El, sencillamente, experimenta a cada instante lo que la mayoría simplemente anhelamos. Podemos decidir que se contradice o que contradice a la razón occidental. Él nunca convertiría en un problema el diferenciar ambas posibilidades.

Tampoco rinde pleitesía al exceso de sentimentalismo al que gusta de entregarse la mayoría. Victor es un ente neutral, sin emoción, y, en consecuencia, impersonal. “Es ahí cuando puedo observar realmente cuál es mi función”. El estado de “no-separación” es también un estado de “no-emoción”. Es en ese estado cuando “la Cosa” se manifiesta con claridad.

Victor acepta su comunicación con esa esencia divina con absoluta naturalidad. El alma, sin distracciones ni apegos, está de suyo en “no-separación”, en “no-emoción”, y “eso es completo Amor”. El Amor no es sentimiento, es otra cosa, aunque el sentimiento pueda aproximarnos a él, pero solo a veces, porque “a través de un sentimiento puedes llegar a matar a alguien”. Los sentimientos senti-mienten, mienten a nuestro sentido interno.

Y, pese a ese rechazo de un sentimentalismo sobrevalorado por quienes ignoran lo que son y solo imaginan lo que podrían ser, afirma que el Universo cortó en él la posibilidad de ingerir alimento porque la comida “tapaba emociones”.

La emocionalidad fue un eslabón de su proceso, pero no la meta.

(En breve, la continuación de esta serie de cinco artículos)

4 comentarios:

  1. Con personas como esta a monsanto Nestle etc, les da un telele.Es el sumun de la no dependencia de las multinacionales.
    Saludos.

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  2. Lo que me gusta de victor es que dista mucho de ser un guru, aunque mucha gente por inercia lo vea como tal. Gracias por estos articulos. y gracias victor por ser.

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  3. Me has trasmitido más confianza para iniciar mi alimento del brillo del prana

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