jueves, 24 de enero de 2013

"DJANGO DESENCADENADO" Y "LINCOLN", UN EX-ESCLAVO Y EL PRESIDENTE ABOLICIONISTA, SE ASOMAN A LA GRAN PANTALLA


A la hora de relatar la "Historia Universal de la Infamia", el poliédrico Borges consigna como primer tema de su peculiar compilación una historia menor ("El atroz redentor Lazarus Morell") de las muchas que concretan la mayor lacra de la colonización americana: el comercio de seres humanos como mano de obra esclava. Con un magnífico sentido de la ironía, el argentino universal cifra en la exhortación del Padre Las Casas a Carlos V de importar mano de obra africana para las minas de oro de Las Antillas la raíz de fenómenos tan diversos como el "blues", "el tamaño mitológico de Abraham Lincoln", los quinientos mil muertos de la Guerra de Secesión, los tres mil trescientos millones gastados en pensiones militares, ... la admisión del verbo "linchar" en la décimotercera edición del Diccionario de la Academia, ... , la cruz y la serpiente en Haití, la sangre de las cabras degolladas por el machete del papaloi, la habanera madre del tango, el "candombe", etc.

Coinciden en la cartelera madrileña dos películas que desde una radical disparidad de estilos, enfoques y sensibilidades -pero con la solvencia y buen hacer del mejor cine norteamericano- encaran esa lacra moral que Borges denuncia: la ambigua hagiografía que Spielberg ha titulado sencillamente "Lincoln" y la personal revisión que del "spaghetti-western" hace Quentin Tarantino en "Django desencadenado".

Vistas ambas, cabe concluir que mientras que el niño prodigio de los 70 que fue Spielberg se limita a poner en escena el periodo final de la vida del presidente "de mitológico tamaño" en tres actos, que son la aprobación de la decimotercera enmienda constitucional (la abolición de la esclavitud), la rendición de la confederación sudista y su asesinato, tan injustificado como atroz (que le confiere algo así como esa vitola de mártir que aureola a los presidentes sacrificados, pese a lo cual no se nos escamotean los turbios manejos políticos a que recurrió), el niño prodigio de los 90 -cuya "Pulp fiction" es ya un testimonio tan rotundo de una manera de hacer cine como lo fueron en su tiempo "Ciudadano Kane"o "Lawrence de Arabia"-, se entrega a un entretenimiento tan fútil como divertido que confirma ese diagnóstico del cine como espectáculo de barraca de feria que hicieron sus creadores, los hermanos Lumiere.

Las comparaciones son, además de otros epítetos de rima consonante, ociosas, pero, puesto que sin comparación no hay juicio, debo decir que, en mi opinión, Tarantino gana la partida con cierta ventaja. Lo cual no significa que su película sea superior a la de Spielberg, sino que el situarse en el terreno de la ficción le posibilita una frescura y una libertad narrativa que el fresco histórico de Spielberg no puede permitirse. Al final son dos niños grandes, jugando con lo que Orson Welles llamó "el más fabuloso mecano con el que alguien querría jugar", solo que el maestro consagrado ha ido dejando de lado el lado lúdico del asunto, para disfrazar de ARTE con mayúsculas su enésimo pronunciamiento, mientras que el macarra ilustrado que creció devorando cine de video-club no ha olvidado que "la regla del juego" es, sencillamente, que éste sea entretenido. "El cine es la vida, pero sin los momentos aburridos" confió Hitchcock a su joven alumno Truffaut en esa serie de entrevistas que éste convirtió en el mejor libro sobre cine jamás escrito.

"Lincoln" está henchida de solemnidad, es un espectáculo academicista, previsible y, la verdad, un poco acartonado. "Django ...", que podría jugar las mismas cartas de erudición, trascendencia y petulancia, opta, en su último tercio, por el gamberrismo más saludable, ese que consiste en no tomarse a uno mismo demasiado en serio y dar paso a la pirotecnia, los giros forzados y una violencia de "grand gignol" que, por su mismo exceso, acaba por ser más irreal y autoparódica que morbosa y celebrativa (que también lo es). De hecho, el excéntrico personaje que interpreta el inmenso Christopher Waltz pasa, por un capricho del guión que no se justifica de ninguna manera (se ha metido donde se ha metido para ayudar a su socio Django, y, de golpe, pasa a actuar por un puro impulso personal que ignora los intereses de su colaborador y solo busca dar salida a su odio personal hacia el villano Candie, a costa de lo que sea), a convertirse en el desencadenante del -supongo que anhelado por una gran parte del público- "desmadre tarantiniano" que llena la última parte del film.

Bueno, esto era lo que cabía esperar. "Django" acaba por caer en un manierismo caricaturesco, cuando durante más de la mitad de su metraje exhibía una construcción modélica. "Malditos bastardos" no llegaba siquiera a eso: tras una secuencia inicial absolutamente MAGISTRAL, cine con mayúsculas que hacía prever que el "enfant terrible" de los 90 había llegado a la madurez, se malograba tras solo veinte minutos. ¿Las razones de este decepcionante proceder? Tal vez que Tarantino lleva demasiado tiempo reescribiendo el cine que le motiva a su manera (sus tres últimas películas son indisimuladas revisiones de joyas menores de los sesenta y los setenta: "Death proof" recrea "Vanishing point", una olvidada "road movie" setentera, "Malditos bastardos" recoge la estela -y hasta el título- de un film de aventuras italiano de 1978 dirigido por Enzo G. Castellari y este "Django desencadenado" homenajea al "Django" de Sergio Corbucci que en 1966 protagonizara Franco Nero, quien aquí hace un pequeño papel). Como el niño que quiere que se le narre el cuento a su manera, Tarantino aprovecha el estatus que se ha ganado en la industria del cine para permitirse ser caprichoso y autocomplaciente. Lástima que en el empeño malogre un talento que lleva sin regalarnos una obra maestra desde hace 19 años.

En cuanto a Spìelberg, si se me permite un poco de psicología barata, su afán por decir la última palabra sobre ciertos temas (y respecto al de la esclavitud ya pasó por aquel fracaso de crítica y público que fue "Amistad") es lo que le lleva a una grandilocuencia que acaba por resultar fatigosa. Tal vez necesite de una temática genéticamente enraízada en su condición de judío para dar lo mejor de sí: no deja de ser significativo que dos de sus tres mejores películas ("La lista de Schindler" y "El imperio del sol", la otra sería "Encuentros en la tercera fase") transcurran en un campo de concentración.

En fin, ver ambas películas consecutivamente -como ha hecho el cinéfago que firma estas líneas- puede proporcionar nada menos que cinco horas de dignísimo entretenimiento, en espera de nuevas y más excelsas realizaciones que todavía podemos esperar de sus autores. El espectáculo no le lleva a uno al nirvana, pero como sucedáneo es de los mejores.

1 comentario:

  1. Un gran personaje, en su faceta política y personal, pero demasiado charleta, en esta versión, un vara, sermoneador, y a ratos incluso un tanto lunático. Y todo en esa manera tan Spielberg, de resaltar emociones de forma descarada a través de la música, de abrazos del 'todosjuntosporfin', tan impositivo en sus sentimientos... Pero un personaje como Lincoln no puede producir una mala película y de estas tampoco Spielberg sabe hacerlas. Un saludo!

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