domingo, 16 de diciembre de 2012

"EL CAPITAL", UN ALEGATO MORAL EN CELULOIDE



"El dinero es un perro que no quiere caricias; solo quiere que le arrojes la pelota cada vez más lejos para traértela de vuelta". Esta frase es solo un botón de muestra del inteligente guión que a seis manos han construído Karim Boukercha, Jean-Claude Grumberg y el propio director de la cinta sobre la novela homónima de Stéphane Osmont, y que ha servido a Constantin Costa-Gavras (el más lúcido cineasta político del viejo continente, con permiso de Ken Loach) para realizar su enésima disección de las vergüenzas de una Europa que funciona como un mecano complejo, pero manejable para unos mercados que han corrompido al poder político hasta convertir conceptos como la voluntad popular o la regulación bursátil en humo.

Todo el film se construye en torno al personaje de Marc Tourneil, un astuto oportunista que se ve aupado a la dirección de un mega-banco francés y no desaprovecha la ocasión de consolidar su poder y su prestigio a costa de su estabilidad familiar, su libertad personal y su lealtad a todo lo que no sea el dinero, ... si se quiere, a costa de su alma. Del personaje, interpretado con hipnótica gelidez por un Gad Elmaleh soberbio en su contención escuchamos como contrapunto a las maniobras empresariales y las intrigas de despacho sus cínicas reflexiones y sus pueriles motivaciones. Sabe utilizar a quienes le rodean y evitar ser utilizado, y sale a flote de las maquiavélicas zancadillas que le tienden por doquier. Es despreciable, pero fascinante.

Una de las singularidades de este film es que no es otro ensayo sobre la crisis -tipo "Margin call"-, sino sobre la mentalidad salvajemente neocapitalista que la ha creado, y cuyo retrato en la pantalla resulta tan verídico que ha llevado al crítico Alberto Bermejo a calificar la cinta de "comedia de terror". Así, cuando Tourneil proclama ante la junta de accionistas ante la que ha impuesto su candidatura "Soy vuestro Robin Hood. Y seguiré robando a los pobres para dárselo a los ricos", todos los asistentes estallan en una explosión de júbilo que lleva al protagonista a perorar directamente a la cámara (es decir, a nosotros, los espectadores): "Son unos niños. Unos niños grandes. Se divierten. Y seguirán divirtiéndose hasta que todo reviente".

Y, es obvio, el juguete de estos voraces sociópatas está reventando ante nuestros ojos sin disimulo ni solución visible.

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