jueves, 27 de diciembre de 2012

CINISMO INSTITUCIONAL


Si no lo tuviera en papel impreso y delante de los ojos no me lo creería: quienes están arruinando al país se permiten "vendernos" esperanza y ánimo, como si no fuera su desastrosa gestión justamente la que nos impide esos sentimientos, o como si pudieran esgrimir algún tipo de impecabilidad moral que les legitimase para señalar un rumbo, el que no nos permiten tomar. Cinsimo institucional ante el cual nadie parece escandalizarse, y del que pongo tres ejemplos.

Bankia en su publicidad en prensa presume de una solvencia que sin los 23000 millones de euros de dinero público regalado por el gobierno sin contrapartida alguna no existiría.

Ana Botella, ese ser carente del menor atisbo de sensibilidad, declara sin rubor que espera que las "cinco muertes del Madrid Arena no hayan sido en vano", como si la única asunción de responsabilidad posible en el caso no pasara por su dimisión, puesto que el repudio de los madrileños ya lo tiene por su implicación primero, y por su política del avestruz después.

Hacienda, que aprieta pero no ahoga ...  a los suyos, recula y acepta a regañadientes restituir las cotizaciones correspondientes a la paga extra de Navidad no cobrada por los funcionarios después de haber defendido, en respuesta a una interpelación parlamentaria, que tenía todo el derecho a cobrar la cotización correspondiente a una paga no recibida (así, porque le da la gana a Montoro, sin modificar la Ley de Clases Pasivas ni ofrecer otro razonamiento que justificar que ese pago "no está en función de las retribuciones, sino del haber regulador", o sea, lo que diga la "parte contratante de la primera parte").

La declaración más descafeinada de este final del año es la del Rey quien, visto que el año pasado habló de más con sus grandilocuentes declaraciones sobre que "todos somos iguales ante la ley" (¿Verdad, Cristinita?), la ejemplaridad (que él no practica) y otras majaderías de calibre semejante -que se volvieron luego contra él-, ha optado por por no pillarse la lengua y ofrecer una alocución de perfil bajo donde nada se puede criticar, puesto que nada ha dicho; solamente vaguedades acerca de la alta política, la necesidad de recuperar el prestigio de las instituciones, cerrar las heridas abiertas y toda una sarta de tópicos sin contenido que aburrirían a las ovejas. Ciertamente, desde aquel discurso de 1975 elogiando la figura de Franco, nunca nos había facilitado menos argumentos para criticarle.

¡Cuidado Babar, que a nosotros -al menos- solo nos mata de aburrimiento!

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