martes, 28 de agosto de 2012

LA CONSPIRACIÓN JESUÍTA (2ª parte)


La posible colaboración entre masones y jesuítas no es tan descabellada como pudiera parecer a primera vista. Robert Bellarmine fue teólogo de cámara del papa Clemente VIII (1592-1605), quien lo nombró cardenal en 1599. Las teorías de Bellarmine constituyen una “teología de la liberación”, y se oponen a la existencia del “derecho divino”, en el que presuntamente se basa el poder de las monarquías: “Es derecho del pueblo abolir a un gobierno injusto”. “Patriarcha”, su principal obra, sirvió para justificar teológicamente a los antiabsolutistas. Promocionado por el eficaz aparato propagandístico de los jesuitas, el “Patriarcha” suministró el auxilio teórico-teológico que los colonos necesitaban para respaldar su empeño de crear una nueva nación. En otro frente, una inexplicable serie de errores políticos cometidos por el rey Jorge III fueron el factor desencadenante que agotó finalmente la paciencia de los americanos. El nuevo rey era nieto del anterior monarca y había recibido una educación esmerada de su madre, Augusta de Sajonia, y de su preceptor escocés, J. Bute, adscrito al partido tory, quien no sólo lo familiarizó con los asuntos de gobierno sino que le aconsejó aumentar las prerrogativas reales y tomar las riendas del reino. Firmemente imbuido de esa idea, Jorge III, poco interesado por los problemas de ultramar, decide volcarse en los asuntos internos, reforzando el papel del ejecutivo -al que liberó de la tutela parlamentaria- y creando un nuevo partido -los Amigos del Rey.

Lo que pocos sabían es que su tutor, lord Bute, responsable de haber introducido tan revolucionarias ideas en la real cabeza, se encontraba íntimamente vinculado a los jesuitas, quienes a través de él dirigieron la política exterior inglesa según las indicaciones que desde Roma enviaba Lorenzo Ricci.

Una de las medidas más impopulares decretadas durante el reinado de Jorge III fue la llamada Acta de los Sellos, que obligaba a colocar sellos reales en todos los bienes exportados desde la colonia, así como en facturas, presupuestos, escrituras, panfletos, periódicos, anuncios, libros de contabilidad, minutas, testamentos y contratos.

En aquella época, Bute ya se encontraba oficialmente apartado de los asuntos de Estado, pero su influencia entre los Amigos del Rey continuaba siendo muy importante. Pasado el furor por el Acta de los Sellos, Ricci no tardó en encontrar un nuevo modo de soliviantar a los colonos americanos: gracias a sus agentes en Londres consiguió que en 1764 la Iglesia anglicana diera un paso en falso ordenando a un obispo para las colonias americanas. La indignación, convenientemente azuzada por agitadores independentistas, se extendió por América. Una carta aparecida en The New York Gazette el 14 de Marzo de 1768 afirmaba que un obispo americano no serviría sino para “establecer un sistema de palacios pontificios, de recaudación de ingresos y cortes espirituales revestidas de toda la pompa, grandeza, lujo y parafernalia de un Lambeth americano (El palacio de Lambeth es la residencia del arzobispo de Canterbury, cabeza de la Iglesia de Inglaterra por detrás del rey)”.

La nota sobresaliente la proporcionaría un tradicional aliado de la Compañía de Jesús: la East India Company, la mítica Compañía de las Indias que, a la sazón, era el mayor socio comercial de las misiones jesuitas en Pekín, manteniendo con la Compañía una fructífera colaboración. A raíz de la crisis bancaria que sufrió Inglaterra en Julio de 1772, la East India Company inició en el entorno de la Corona una serie de maniobras encaminadas a gravar el té que se exportaba a las colonias con un impuesto especial. Sumada a las anteriores ofensas, el Acta del Té sacudió a las trece colonias americanas como una bofetada en pleno rostro. Mientras, en Roma, el Papa había fallecido y, a pesar de la no existencia oficial de la Compañía, la influencia del antiguo general de los jesuitas aún alcanzaba para que, tras un larguísimo cónclave de más de ciento treinta días, fuera elegido como sucesor Giovanni Braschi, uno de los mejores amigos de Ricci, que subió al trono de Pedro con el nombre de Pío VI. Ahora a Lorenzo Ricci, el más brillante y audaz general de los jesuitas, ya sólo le restaba dar un último golpe maestro a su gran obra: la puesta en escena de su propia muerte.

Desde que la Compañía fue “disuelta”, Ricci se encontraba confinado en las lujosas dependencias del castillo de Sant’Angelo, que en ocasiones fue utilizado como residencia de descanso de los pontífices. Los rumores de la época decían que el castillo y el Vaticano se encontraban unidos por un túnel que empleaba Ricci para mantener intacta su influencia en la Santa Sede.

Unos tres meses después de la presunta muerte del general de los jesuitas, en la primavera de 1775, hace su aparición en el entorno de los revolucionarios americanos un misterioso personaje al que sólo se conoce como “el profesor”. En los escasos documentos que hacen referencia a este personaje sólo se menciona que habla con “acento europeo”. Sin embargo, a pesar de ser un desconocido, los revolucionarios lo tratan con especial deferencia. Se hospedaba en una habitación alquilada en una casa particular de Cambridge, cuya dueña nos ha legado a través de su diario personal las más detalladas e interesantes descripciones de este oscuro personaje. Se trata de un hombre discreto y apacible, buen conversador y de carácter en general bondadoso. A juicio de la patrona, debía de rondar los setenta años de edad56. El desconocido hablaba con fluidez varios idiomas y demostraba una cultura tan amplia que no dejaba de asombrar a sus eventuales contertulios, algo que también encaja a la perfección con lo que sabemos de Ricci, que era profesor de literatura, teología y filosofía, además de haber mantenido relaciones personales y epistolares con la flor y nata de la intelectualidad europea de su época. No recibía correspondencia, pero sí breves visitas de desconocidos que desaparecían tan de súbito como habían llegado. Cuál no sería la sorpresa de la patrona cuando, el 13 de Diciembre de 1775, se presentó en su casa una delegación de dignatarios de la recién nacida república para reunirse con “el profesor”. Curiosamente, lo que más llamó la atención de la mujer fue que de las actitudes de los presentes se deducía que la figura de mayor autoridad era, precisamente, el misterioso anciano. A partir de ese momento, el desconocido comenzó a frecuentar la compañía de los revolucionarios, en especial la de Benjamín Franklin, de quien se hizo inseparable. La importancia que llega a cobrar este personaje es tal que incluso toma parte activa en el diseño de la bandera de la nueva república, para la que se toma como modelo la de la Compañía de las Indias. También parece seguro que participó en la llamada “misión a Canadá”, la primera legación diplomática que enviaron los recién nacidos Estados Unidos, y estuvo presente en el acto de la firma de la Declaración de Independencia, electrizando a los asistentes con un breve y emotivo discurso.

Con los acontecimientos saliendo a entera satisfacción de la oficialmente extinta Compañía, el obispo John Carroll funda en 1789 la Universidad de Georgetown, que a lo largo de su historia ha albergado como alumnos a personajes de la talla política de Bill Clinton, y que actualmente sigue regentada por los jesuitas. El escudo de esta prestigiosa institución es posible que nos hable con mayor elocuencia que ningún libro de historia sobre el origen de Estados Unidos. Un águila sostiene en una pata una cruz, mientras que la otra agarra firmemente un compás masónico, todo ello bajo el lema “Utraque unum” (“Uno y otro”). Había nacido un coloso que estaba en deuda tanto con la Compañía de Jesús como con los masones, de cuyas filas había salido la gran mayoría de los firmantes de la Declaración de Independencia. El conde de Aranda, uno de los más finos analistas políticos de aquella época, resumía en una carta al rey la importancia histórica de lo que acababa de suceder: “Dejando esto aparte, como he dicho, me ceñiré al punto del día, que es el recelo de que la nueva potencia formada en un país (Estados Unidos) donde no hay otra que pueda contener sus proyectos, nos ha de incomodar cuando se halle en disposición de hacerlos. Esta república federativa ha nacido, digámoslo así, pigmea, porque la han formado y dado el ser dos potencias como España y Francia, auxiliándola con sus fuerzas para hacerla independiente. Mañana será gigante, conforme vaya consolidando su constitución, y después un coloso irresistible en aquellas regiones. En este estado se olvidará de los beneficios que ha recibido de ambas potencias y no pensará más que en su engrandecimiento. “La libertad de religión, la facilidad de establecer las gentes en términos inmensos y las ventajas que ofrece aquel nuevo gobierno llamarán a labradores y artesanos de todas las naciones, porque el hombre va dónde piensa mejorar de fortuna y dentro de pocos años veremos con el mayor sentimiento levantado el coloso que he indicado”.

Curiosamente, y a pesar de que los jesuitas son sujeto pasivo de un gran número de teorías de la conspiración, si se profundiza un poco, se descubre la influencia de fuerzas afines al Vaticano y a los jesuitas en la formulación y difusión de teorías de este tipo, a menudo referidas a sociedades secretas legendarias, como los Iluminados de Baviera fundados por el doctor Adam Weishaupt, profesor de Derecho canónico en la Universidad de Ingolstadt y muy próximo a la Compañía de Jesús. Curiosamente, los Iluminados tenían presuntamente como propósito “abolir la cristiandad” así como todos los gobiernos, especialmente las monarquías, permitiendo de esta forma a los partidarios de los Iluminados establecer un gobierno mundial bajo su dirección. En el libro “Rousseau y la Revolución” se afirma que Weishaupt era jesuita y que los Iluminados -cuyo primer nombre fue Perfektibilisten- fueron organizados a imagen y semejanza de la Compañía. También se sospecha que hubo implicación de los jesuitas en falsificaciones, como la de “Los Protocolos de los sabios de Sión”, destinadas a fomentar el odio hacía los judíos y desviar las posibles sospechas respecto a una conspiración para la dominación del mundo hacía una cábala imaginaria de sociedades secretas, banqueros judíos y políticos corruptos cuyo único fin sería esclavizar al mundo.

En 1815 los jesuitas son restituidos y la orden resurge milagrosamente con toda su infraestructura e influencia intactas, como si no hubiera desaparecido nunca. No volvemos a saber de los jesuitas en Estados Unidos hasta 1861, en plena guerra civil estadounidense, cuando el presidente Abraham Lincoln hacía partícipe a un amigo de sus más íntimas sospechas: “Cada día siento de una manera más clara que no estoy luchando solamente contra los norteamericanos del Sur. Creo que detrás de ellos se encuentran el Papa de Roma, sus jesuitas y sus esclavos. Muy pocos son los líderes sureños que no se encuentran bajo la influencia de los jesuitas, ya sea directamente, a través de sus esposas, sus relaciones familiares o sus amistades. Varios miembros de la familia de Jeff Davis pertenecen a la Iglesia de Roma. Incluso los ministros protestantes se encuentran bajo la influencia de los jesuitas sin siquiera sospecharlo. Divide nuestra nación para debilitarla, someterla y controlarla…”.

Es más, el presidente parecía completamente convencido de la existencia de un complot jesuita para acabar con su vida: “Sus amigos, los jesuitas, aún no me han matado. Pero seguramente lo habrían hecho cuando pasé por su ciudad más fiel, Baltimore, de no haberme ocupado en desbaratar sus proyectos pasando de incógnito unas horas antes de lo que ellos esperaban. Tenemos pruebas de la existencia de un grupo seleccionado y organizado para asesinarme dirigido por un rabioso católico llamado Byrne, y casi completamente compuesto de católicos romanos. (…) Hace unos días me reuní con el Sr. (Samuel F. B.) Morse, el inventor de la telegrafía eléctrica; me dijo que, cuando estuvo de visita en Roma (…), obtuvo las pruebas de una conspiración formidable contra este país y todas sus instituciones. Es evidente que es a las intrigas y los emisarios del Papa a quienes debemos, en gran parte, la horrible guerra civil que amenaza con cubrir el país de sangre y ruinas”.

En Abril de 1865, la caída de Richmond en manos de las tropas de Ulises S. Grant marca el final de la guerra civil estadounidense. Menos de una semana más tarde, el 14 de Abril, cuando el público del teatro Ford reía con ganas durante la representación de una comedia, uno de los actores más populares del país, John Wilkes Booth, gritando una frase sacada de la teología de la liberación del cardenal Robert Bellarmine: “Sic semper tyrannis” (“Así siempre con los tiranos”), disparó a bocajarro a la cabeza del presidente Abraham Lincoln. Booth había conspirado junto a otras siete personas que se sentaron en el banquillo de los acusados un mes más tarde. Llamó mucho la atención del público de la época que todos los presuntos conspiradores fueran católicos practicantes. No se trataba de un tribunal ordinario, sino de una corte militar formada con el propósito de esclarecer la muerte del presidente.

El tribunal fue bautizado por los medios de comunicación como la “Comisión Hunter”. Terminadas las sesiones, la comisión encontró pruebas suficientes de la existencia de una conspiración para matar al Presidente, y cuatro de los acusados fueron condenados a la horca por alta traición. Sin embargo, en periódicos y tertulias el descontento era palpable, ya que a nadie se le escapaba que debía de haber algún grupo de interés y algún propósito tras la conspiración, asuntos ambos sobre los que la Comisión Hunter corrió un tupido velo. Treinta años después del asesinato, un miembro de la Comisión Hunter, el general de brigada Thomas M. Harris, publicó un pequeño libro titulado “Rome’s responsibility for the assassination of Abraham Lincoln”, en el que revelaba que la muerte del presidente había sido fruto de un elaborado complot jesuita destinado a extirpar de la cabeza del gobierno estadounidense a un líder que no estaba dispuesto a plegarse a sus exigencias. La cabeza pensante del complot habría sido el sacerdote jesuita B. E. Wiget, director del Gonzaga College y simpatizante reconocido de los confederados. El padre Wiget debió de ser un magnífico director espiritual, ya que transformó a alguien como John Wilkes Booth, con fama de borracho, libertino e indiferente a todo lo que tuviera que ver con la política o la religión, en un católico ferviente y comprometido, capaz de matar si la Madre Iglesia así lo requería.

Conclusión

Desde entonces ya han transcurrido más de cien años. ¿Qué queda del poderío de los jesuitas en el actual Estados Unidos?. Aparte de lo que sugeríamos al principio de este capítulo, poco es lo que sabemos. Sólo que en los últimos cien años la Compañía de Jesús se ha embarcado en aventuras mucho más cercanas a los intereses de los más desfavorecidos, como la extensión de la teología de la liberación en Latinoamérica, y que continúa siendo una formidable fuerza en el seno de la Iglesia y, por ende, del planeta. Sin embargo, su tradicional preeminencia es actualmente amenazada por una organización emergente que, con la misma pujanza que tuvieron los jesuitas en sus inicios, osa disputarle a la Compañía algunos de sus feudos tradicionales. Pero esa es otra historia…

(Un magnífico resumen de la pugna que actualmente se vive en el Vaticano entre la Compañía de Jesús y el Opus Dei lo podemos encontrar en el libro “Mentiras y crímenes en el Vaticano” (Ediciones B, Barcelona, 2000), escrito por un grupo de sacerdotes que se hacen llamar “Discípulos de la verdad”).

(Fuente: Santiago Camacho, "20 grandes conspiraciones de la historia", Ed. La Esfera de los Libros, Madrid, 2005)

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