martes, 22 de mayo de 2012

"PROFESOR LAHZAR": LA LECCIÓN MÁS IMPORTANTE NUNCA APARECE EN EL PROGRAMA DE ESTUDIOS


Se exhibe en las pantallas españolas un film del canadiense Philippe Falardeau que vale por sí solo más que una biblioteca entera de pedagogía, y que en sus escasos 90 minutos es capaz de condensar, con inteligencia y sensibilidad, todo un universo emocional.

Su trama comienza con el suicidio de una profesora de primaria durante el tiempo del recreo del centro en que ejerce. Junto a la necesidad de sustituirla inmediatamente, lo que la directora del colegio hará al aceptar a un profesor de mediana edad surgido de la nada, se plantea el cómo encauzar el duelo de un grupo de alumnos a quienes el brutal suceso culpabiliza, en particular, a uno de ellos, retraído y asocial. El recién llegado -el profesor Bashir Lahzar del título- es empujado por los mecanismos imperantes en el centro a mantenerse al margen del proceso de aceptación que se pretende suscitar en sus alumnos, pero su humanidad y su propio dolor interior -cuya causa comprendemos según avanza el metraje- van a confrontarle inevitablemente con el trauma enquistado en ellos, y que aflora en cuanto un mero dictado de literatura desencadena la emotividad infantil de quienes de golpe se enfrentan a un dolor "adulto".

Según transcurre el film vamos asistiendo a la denuncia implacable de una psicología que pretende la exclusividad en la gestión de los sentimientos (los asientos en círculo para "crear grupo", como si la solidaridad fuera subsidiaria de la escenografía; la aguda declaración de una alumna "Los mayores creen que estamos traumatizados por lo que pasó, pero los están traumatizados son ellos", …); del distanciamiento y la huida de cualquier contacto (afectivo, tactil, …) como precaución de profesionalidad, que en el fondo esconde el miedo a la vulnerabilidad ("Se nos obliga a tratar a los alumnos como si fueran residuos radiactivos", dice el profesor de Educación Física) o de la inutilidad de construir barreras que protejan a los niños de la inevitable realidad de la muerte. Solo desde su propia herida interior podrá el profesor Lahzar entrar en el diálogo que los niños demandan, pero que nunca puede ser tan consolador como necesitan. "No se puede buscar sentido a lo que no lo tiene" es el explícito mensaje de quien lleva varias décadas de adelanto en la aceptación de la pérdida de sus seres queridos a causa de una violencia irracional y traumática.

Como en otros filmes que exploran los retos del mundo educativo, "Profesor Lahzar" cuestiona la validez de de un sistema de enseñanza que empieza por excluir el afecto para acabar constituyéndose en un sistema de alienación y encasillamiento. Frente a esa falsa "educación" de la que tan orgulloso parece el sistema imperante, apuesta por algo tan a contracorriente como el permitir expresar los sentimientos; frente a las "recetas" educativas, la espontaneidad; frente a las seguridades de la mente, el riesgo del querer; frente al distanciamiento moral, la calidez de esa imagen final que no voy a revelar, pero que lleva al aula donde lo peor del mundo adulto se ha manifestado el único consuelo que la experiencia adulta -más allá de las palabras- puede oponerle.

Dejo al margen de esta breve reseña los temas de fondo a los que este delicioso largometraje, deudor de los mejores Truffaut o Tavernier, apunta, como la inmigración desde el tercer mundo o la necesaria actualidad de la mal llamada "alta cultura" (aquí Balzac, La Fontaine o la música clásica). La absoluta credibilidad de este filme, donde los niños son niños y su mundo interior avanza al ritmo al que pasan el curso y las estaciones, del áspero invierno a la primavera, lo convierte en una de las mejores propuestas de la cartelera actual. Una película que nos hace sentir y pensar más allá de la mera sensiblería y del mensaje obvio al que, en manos menos cuidadosas, la película hubiera podido tender.

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