domingo, 27 de mayo de 2012

CUANDO EL SABIO SEÑALA LA LUNA, EL NECIO MIRA LA TELEVISIÓN


Si Nicolás Maquiavelo fuera un analista político de nuestro tiempo (perdón, un “politólogo”) no perdería tiempo y neuronas en reflexionar acerca de dilemas renacentistas sobre si la devoción o el temor son más eficaces para someter a los súbditos, sino que, llevado de su florentina perspicacia, admiraría las maniobras de distracción desplegadas por los maestros de la ingeniería social, ese sofisticado arte de dirigir las opiniones de la masa según conviene al poder. Un fin de semana tan intenso como el que hemos habría pasmado al sabio, pues los ejemplos de manipulación de las mentes a los que asistimos le hubieran llevado a preguntarse qué Cesar Borgia tira de los hilos de este tinglado de una farsa absolutamente novedosa y sin parangón. Es fácil adivinar los dos casos que hubiera elegido para estudiar:

- 1º) Los servicios secretos del Vaticano revuelven Roma con Santiago para descubrir al “Bradley Manning” que ha filtrado a la prensa unos documentos absolutamente banales, espúreos y sin mayor trascendencia. Al final, se divulga la identidad del traidor, Paolo Gabriele, mayordomo -como en los policiales malos- del Papa. ¿Qué noticia pretende ocultar este sainete? Que el exorcista oficial del Vaticano, el polémico padre Amorth, rompe con el silencio que se espera de la servidumbre y denuncia la conclusión a que ha llegado la investigación sobre la desaparición de la joven Enmanuela Orlandi en 1983: fue raptada para servir de víctima en un ritual oficiado entre los muros del Vaticano. Acusa, incluso, a Monseñor Duca Simeone, ya fallecido, de ser el encargado de “reclutar” chicas para las “fiestas” del Vaticano, orgías sexuales cuyas víctimas nunca sobreviven. ¿Sobrevivirá el autor de la denuncia?

- 2º) Se celebra en el estadio Vicente Calderón la final de la Copa del Rey entre los dos equipos-bandera de los dos nacionalismos separatistas más arraigados en España. Convocada una pitada contra el himno, de repente parece que la función antropológica que siempre ha tenido el fútbol en este país -servir de desahogo de tensiones sociales varias- ha de ser revisada, y que mezclar fútbol y política -¿alguna vez han estado separados?- no es ahora de recibo. Faltar al respeto a los símbolos de una monarquía que ha faltado al respeto a todo el país es intolerable, sentencia Esperanza Aguirre, ofreciéndose como blanco simultáneo de las iras abertzales y catalanistas (bueno, a ambas el deporte sí las ha hermanado esta vez). Concita la presidenta madrileña todos los insultos y, eso sí, “ni un solo reproche al rey, ni un solo eslogan contra Bankia, ni una sola queja a los recortes en sanidad, ni en educación, mientras le entregan el dinero a la banca” (ultimasnoticiaspress.blogspot.com.es/). He ahí todo un indicador del grado de conciencia de los iberos, que embisten el primer trapo rojo que se les presenta en vez de reflexionar antes de embestir.

La política, una vez más, y aquí no hay diferencia entre España e Italia (y menudillos, que es lo que son el Vaticano, San Marino y otros "Estados" de tebeo), sigue siendo el arte de interponer cortinas de humo para que los simples no vean cómo se les está hurtando la verdad. Y la ciudadanía, estableciendo racionalmente sus prioridades, ¡Qué lejos estamos aún del despertar colectivo!

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