lunes, 14 de mayo de 2012

CREADORES DE DIOSES: EL SECRETO TRAS EL NACIMIENTO DEL CRISTIANISMO (2ª parte)

Retomo las tesis que Santiago Camacho demuestra de forma incuestionable en este artículo, y que se resumen en cinco postulados básicos:

1) La existencia histórica de Jesús es, cuanto menos, bastante cuestionable.

2) La historia evangélica contiene infinidad de elementos tomados de otras religiones.

3) Elementos litúrgicos como el bautismo o la transustanciación y la eucaristía ya formaban parte de ceremonias religiosas muchos siglos antes de Cristo.

4) En un momento de su Historia, Roma precisa de la creación de una religión de Estado que dé cohesión al imperio. El cristianismo es elegido para este papel.

5) Con la oficialización del cristianismo comienza una campaña de encubrimiento destinada a borrar de la Historia cualquier indicio que pudiera señalar que el cristianismo se basa en cultos anteriores …



En la actualidad tenemos una imagen represiva respecto de la actitud del cristianismo hacia la manifestación de la sexualidad humana. Sin embargo, no siempre fue así. En los primeros tiempos del cristianismo se mantenía una postura considerablemente más abierta hacia el sexo, algo mucho más acorde con los orígenes paganos de las creencias cristianas. En aquellos tiempos era relativamente común entre los cristianos la celebración de ágapes o “fiestas del amor”, rito adaptado de las celebraciones sexuales paganas. Algunos de los menos tolerantes entre los padres de la Iglesia escribieron documentos censurando estas prácticas; aunque no sería hasta el siglo VI cuando se declararon heréticas y, como tales, prohibidas. Ello no fue óbice para que el sexo continuara, durante algún tiempo más, formando parte de la liturgia de determinadas sectas gnósticas, una circunstancia que fue profusamente utilizada por el sector ortodoxo de la Iglesia para desacreditar a estos grupos.

Una vez establecido que el cristianismo es una reconstrucción de mitos y tradiciones religiosas de los más variados orígenes, queda en el aire la cuestión de cómo fue creado el mito y por quién. Si para localizar el germen ideológico hemos tenido que buscar entre diversas culturas y tradiciones, para encontrar el origen material del cristianismo tenemos que mirar hacia donde la tradición lo ubica, esto es, a la Palestina del siglo I. En aquella época el judaísmo distaba mucho de ser una religión homogénea y estaba dividido en una compleja trama de sectas y subsectas escindidas las unas de las otras que aún hoy continúan dando dolores de cabeza a los estudiosos de estos temas. Entre estos grupos, esenios, celotas y saduceos contribuyeron de diversas maneras a la formación de lo que más tarde sería el cristianismo.

Todos los elementos y tendencias que hemos repasado en las páginas anteriores se combinaron y fueron tomando forma en la ciudad de Alejandría de la mano de una secta mistérica denominada “los Terapeutas”, un grupo de visionarios egipcios en cierta forma muy similar a los esenios, a los que autores como Eusebio no dudan en calificar de cristianos a pesar de surgir y desarrollarse mucho antes de la época de Cristo. Fueron ellos quienes compilaron el Logia Iesou (“Palabras del Salvador”), una antología de fuentes sirias, hindúes, persas, egipcias, judías y griegas, en las que se encuentra buena parte de lo que más tarde serían los Evangelios. Por otro lado, la ocupación de Israel provocó una verdadera fiebre mesiánica a consecuencia de la cual aparecieron decenas de presuntos “elegidos” dispuestos a convertirse en el salvador profetizado. Las posteriores revueltas que llevaron a la virtual destrucción del reino de Israel hicieron que extrañas historias comenzaran a circular por todo Oriente, mezclando mito y realidad y dando lugar a una corriente espiritual que no tardó en adquirir forma e identidad propias, en especial a partir de su llegada a Roma.

Por encima del advenimiento y la muerte de un eventual Cristo “histórico”, el hecho más destacado de toda la historia de la cristiandad fue la conversión del emperador Constantino y la posterior celebración del primer concilio de Nicea en 325. En la repentina conversión del antaño impenitente Constantino tuvo mucho que ver la posibilidad de obtener un rápido y público perdón sobre algunos pecaditos -como el asesinato de algunos parientes-, una oportunidad que el mitraísmo, la religión más popular en la Roma de la época, no aportaba al no considerar la alternativa de redimir los pecados por medio del arrepentimiento. El concilio de Nicea fue una verdadera cumbre que reunió a los líderes cristianos de Alejandría, Antioquía, Atenas, Jerusalén y Roma junto a los máximos representantes del resto de las sectas y religiones más representativas en el ámbito del Imperio romano, como los cultos de Apolo, Deméter/Ceres, Dionisio/Baco, Jano, Júpiter/Zeus, Oannes/Dagón, Osiris e Isis y el Sol Invicto, objeto particular de la devoción del emperador. El fin específico de esta reunión era crear una religión de Estado para Roma basada en el cristianismo, que a los efectos tenía todas las características necesarias para asegurar una rápida expansión por el Imperio, así como un satisfactorio control de la población a través de su férreo código moral.

En el proceso de creación de su religión de Estado los conspiradores cristianos no se contentaron con patrocinar y cimentar la mayor falsificación histórica de todos los tiempos, sino que además, se metieron de lleno en una desmedida campaña de censura a gran escala destinada a silenciar a millones de disidentes a través del asesinato, la quema de libros, la destrucción de obras de arte, la desacralización de templos y la eliminación de documentos, inscripciones o cualquier otro posible indicio que pudiera llevar a la verdad, un proceso que condujo a Occidente a unos niveles de ignorancia desconocidos desde el nacimiento de la civilización grecorromana. Las autoridades eclesiásticas no pararon hasta obtener el derecho legal de destruir cualquier obra escrita que se opusiera a sus enseñanzas. Entre los siglos III y VI bibliotecas enteras fueron arrasadas hasta los cimientos, escuelas dispersadas y confiscados los libros de ciudadanos particulares a lo largo y ancho del Imperio romano so pretexto de proteger a la Iglesia contra el paganismo.

Uno de los mayores crímenes de toda la historia humana fue la destrucción de la biblioteca de Alejandría en 391. Una leyenda tendenciosa fue enseñada durante siglos en los colegios, especialmente en los religiosos, según la cual los árabes habrían destruido la célebre biblioteca cuando conquistaron la ciudad en el siglo VII. Se trata de un cuento infamante y sin sentido histórico destinado a enmascarar la verdad. Los árabes nunca pudieron incendiar la biblioteca de Alejandría, sencillamente porque cuando las tropas de Amru llegaron a la ciudad en 641 ya hacía cientos de años que no existía ni rastro de esta institución ni de los edificios que la albergaban. Lo único que encontraron los árabes fue una ciudad dividida, arruinada y exhausta por siglos de luchas intestinas.

El máximo exponente de la belleza y cultura clásicas no fue destruido por los guerreros árabes que tomaron lo que quedaba de la ciudad sino por los cristianos monofisitas un cuarto de siglo antes. Tras el mandato del emperador Teodosio I ordenando la clausura de todos los templos paganos, los cristianos destruyeron e incendiaron el Serapeum alejandrino. Las llamas arrasaron así la última biblioteca de la Antigüedad. Según las Crónicas Alejandrinas, un manuscrito del siglo V, el instigador de aquella hecatombe fue el patriarca monofisita de Alejandría, Teófilo (385-412), caracterizado por su fanático fervor en la demolición de templos paganos.

Los cristianos enardecidos rodearon el templo de Serapis. Fue el propio Teófilo, tras leer el decreto de Teodosio, quien dio el primer hachazo a la estatua de Serapis, cuya cabeza fue arrastrada por las calles de la ciudad y luego enterrada. La ruina de la ciudad fue tan atroz que uno de los padres de la Iglesia griega, san Juan Crisóstomo (347-407), escribió: “La desolación y la destrucción son tales que ya no se podría decir dónde se encontraba el Soma”. Se refería a la tumba de Alejandro, el mausoleo del fundador de la urbe y el monumento más emblemático de la ciudad. Con este acto de barbarie Teófilo creía cumplido para siempre su propósito de enterrar las verdades ocultas sobre su religión y su presunto fundador, que seguramente no le eran desconocidas merced a sus contactos con los sacerdotes paganos. Aquella villanía nos ha afectado a todos pues se calcula que la pérdida de información científica, histórica, geográfica, filosófica y literaria que provocó trajo consigo un retraso de casi mil años en el desarrollo de la civilización humana. Para mayor escarnio, en el lugar en que se erigía aquel templo del saber fue edificada una iglesia en honor a los presuntos mártires de las persecuciones del emperador Nerón.

En el año 415 comenzó una persecución contra los paganos de Alejandría, dándoseles la opción de convertirse a la nueva fe o morir. Esto era especialmente doloroso para filósofos y académicos, ya que suponía rechazar todo el conocimiento que tanto trabajo les había costado alcanzar. Hipatia, la filósofa y matemática más importante de la ciudad, se negó y se mantuvo firme en sus convicciones por lo que fue acusada de conspirar contra Cirilo, líder cristiano de Alejandría. Unos días después, un enardecido grupo de fanáticos religiosos interceptó el transporte en el que se dirigía a trabajar, la arrancaron de éste y con filos de conchas marinas le fueron arrancando la piel hasta que murió a consecuencia del dolor y la pérdida de sangre. Cirilo, instigador de este sádico asesinato, fue canonizado.

El asesinato de Hipatia se considera el momento histórico en que se produce definitivamente la muerte del mundo clásico. En el siglo V la destrucción era tan completa que el arzobispo Crisóstomo pudo declarar con satisfacción: “Cada rastro de la vieja filosofía y literatura del mundo antiguo ha sido extirpado de la faz de la Tierra”. En un momento del proceso se estableció la pena de muerte para quien escribiera cualquier libro que contradijera las doctrinas de la Iglesia.

Papa tras Papa se continuó con este proceso sistemático de asesinato de la Historia. Gregorio, obispo de Constantinopla y el último de los doctores de la Iglesia, fue un activo incinerador de libros. Donde el brazo de la cristiandad no pudo llegar para destruir el trabajo de los antiguos autores se ocupó de corromper y mutilar sus obras: “Tras quemar libros y clausurar las escuelas paganas, la Iglesia se embarcó en otra clase de encubrimiento: la falsificación por omisión. La totalidad de la historia europea fue corregida por una Iglesia que pretendía convertirse en la única y exclusiva depositaría de los archivos históricos y literarios. Con todos los documentos importantes custodiados en los monasterios y un pueblo llano degenerado al más absoluto analfabetismo, la historia cristiana pudo ser falsificada con total impunidad”. La construcción de iglesias sobre las ruinas de los templos y lugares sagrados de los paganos no sólo era una práctica común sino obligada para borrar por completo el recuerdo de cualquier culto anterior. A veces, sin embargo, un hado de justicia poética hacía que estos esfuerzos terminaran por tener el efecto contrario al pretendido. Tal es el caso de lo ocurrido con muchos monumentos egipcios. Dada la imposibilidad material de demoler las grandes obras de la época faraónica, o de borrar los jeroglíficos grabados en la piedra, se optó por tapar los textos egipcios con argamasa, lo cual, lejos de destruirlos, sirvió para conservarlos a la perfección hasta nuestros días, lo que ha posibilitado que podamos tener un conocimiento del antiguo Egipto más detallado que el de los primeros siglos de nuestra era y, lo que es más importante a efectos de lo que aquí estamos tratando, aquellos jeroglíficos preservaron la verdad, ya que contenían la esencia y el ritual del mito celeste, que tiene enormes similitudes con la historia evangélica.

Conclusión:

Si bien pudiera parecer lo contrario, lo expuesto en esta entrada no forma parte de un saber esotérico u oculto; se trata de hechos conocidos, si bien no difundidos. Si se interroga convenientemente a cualquier académico experto en el tema no tendrá más remedio que reconocer que la fundación del cristianismo está cimentada en siglos de fraude e intriga. Admitirá que no existe ni una sola mención a Jesucristo por parte de los historiadores contemporáneos suyos, y que los textos bíblicos, aparte de no haber sido escritos por sus pretendidos autores, están repletos de errores, contradicciones, imposibilidades y falacias. Si ahondamos un poco más, nos dirán que esos mismos textos han sido mutilados y adulterados por sucesivas intervenciones de la propia Iglesia durante siglos. ¿Cuál es entonces la razón de que estos hechos de trascendental importancia cultural no sean de dominio público y enseñados en escuelas e institutos?.

George Orwell supo ver en su genial 1984 que quien tiene la capacidad de alterar la historia domina de facto la visión del mundo que tiene la población. El cristianismo se diseñó como religión de Estado y, como tal, ha funcionado magníficamente durante los últimos 1700 años. El incalculable poder de la Iglesia de Roma alcanza aún hoy a todos los estamentos sociales de Occidente. En el mundo protestante las cosas no pintan mucho mejor a juzgar por el éxito que han tenido los integristas en Estados Unidos al conseguir sacar la teoría de la evolución de los planes de enseñanza de más de un Estado. Éstos son los hechos. Sólo cabe reproducir a modo de conclusión una de las muchas frases maravillosas que contiene ese compendio de la espiritualidad antigua que son los Evangelios: “Los pongo en guardia contra los falsos profetas que vendrán a ustedes vestidos de oveja, mientras por dentro serán como lobos rapaces. Por sus obras los conocerán”.

(Fuente: Santiago Camacho, "20 grandes conspiraciones de la historia", Ed. La Esfera de los Libros, Madrid, 2005)

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