viernes, 11 de mayo de 2012

CREADORES DE DIOSES: EL SECRETO TRAS EL NACIMIENTO DEL CRISTIANISMO (1ª parte)


Podemos afirmar sin temor a equivocarnos que el cristianismo ha sido el movimiento religioso más influyente en la Historia de la humanidad. Precisamente por ello llama poderosamente la atención que sepamos tan poco sobre sus orígenes. Es más, en la actualidad disponemos de un volumen mayor de documentación fiable sobre la vida de cualquier emperador romano o de muchos faraones egipcios que sobre los primeros cien años de la Iglesia. Por si esta precariedad informativa fuera poco, hay que unir a ello el hecho de que muchos de los relatos generalmente aceptados como verdades históricas incuestionables son meras leyendas, cuando no falsedades intencionadamente propagadas y mantenidas por historiadores y escribas cristianos. Buen ejemplo de ello es la presunta muerte de miles de mártires cristianos durante el reinado de Nerón, hecho del que no existe constancia histórica: “La primera referencia explícita de la persecución de cristianos en tiempos de Nerón procede de una declaración de Melito, obispo de Sardes, alrededor del año 170. Resulta sorprendente que ‘una gran multitud de cristianos’ viviera en Roma en fecha tan temprana como el año 64 (sólo treinta años después de la muerte de Jesús)” (G. A. Wells, “Did Jesus exist?”. Prometheus Books, Búfalo, 1975). De hecho, no existen pruebas documentales de la ejecución de un solo cristiano hasta el año 180. En cambio, donde sí hubo mártires, y muchos, fue en el campo de los paganos, obligados por la fuerza de las armas a abrazar la religión del imperio tras la súbita, aunque no del todo inesperada, conversión de Constantino.

Cuando se trata de buscar la figura histórica de Jesús la cosa, lejos de volverse más clara, se complica mucho más. Al margen de la doctrina oficial de la Iglesia, se puede decir que existen tantas biografías de Jesús como autores han tratado el tema: “El Jesús ‘real’ ha sido sucesivamente un mago (Smith), un rabino galileo (Chilton), un marginado judío (Meyer), un bastardo (Schaberg), un escriba (Thiering), un disidente de Qumrán (Allegro y otros), un gnóstico judío (Koester), un disidente (Vermes), un hombre felizmente casado y padre de varios hijos (Spong), un bandido (Horsley) y un fanático opositor al culto del templo de Jerusalén (Sanders)”2. Es posible que todos estos eruditos tengan su parte de razón ya que lo que parecen demostrar las pruebas es que lo que hoy conocemos bajo el nombre genérico de “Jesús” es la unión de las biografías de varios personajes, míticos y reales, que se fue forjando en los primeros días de la Iglesia con la intención de cimentar la recién nacida religión.

No quisiera dejar pasar la oportunidad de aclarar que no pensamos que la ausencia de rigor histórico le quite al Evangelio ni un ápice de valor alegórico, ni a la figura de Jesús su cualidad de abstracción de la razón y la piedad personificadas. ¿Dónde está pues la conspiración?. Muy sencillo: en el hecho de que esta distorsión de la verdad ha sido en muchas ocasiones premeditada, conocida y ocultada.

Más de uno se preguntará por qué estamos dudando de los principios del cristianismo teniendo, como tenemos, los Evangelios, infalible y exacto relato llegado hasta nosotros de la mano de los testigos de los acontecimientos más extraordinarios de la historia humana. Si dudamos es porque los Evangelios no son en realidad lo que podríamos llamar “textos históricos rigurosos”: “Con la única excepción de Papias, que habla de una narración de Marcos y una colección de dichos de Jesús, ni un solo autor hasta la segunda mitad del siglo II -esto es, a partir del año 150- hace mención alguna de los Evangelios o sus reputados autores” (Joseph Wheless, “Forgery in Christianity”. Health Research, 1990). Lo cual quiere decir que sólo treinta años después de la muerte de Jesús había cristianos suficientes como para llenar el Coliseo de Roma, pero cien años más tarde nadie había oído aún hablar ni de Evangelios ni de evangelistas, lo que aun mirado con la mejor de las intenciones contiene un evidente elemento de contradicción.

Pero toda la confusión respecto a los Evangelios vendría a ser corregida por el concilio de Nicea (325 d.C.), que recurrió al “milagro” para elegir cuáles de las 270 versiones del Evangelio existentes por aquel entonces serían las verdaderas y aceptadas. Se decidió que las copias de los diferentes Evangelios fueran colocadas bajo una mesa del salón del Concilio. Luego, todos abandonaron la habitación, que quedó cerrada con llave. Se pidió a los obispos que rezaran durante toda la noche pidiendo que las versiones más correctas y fiables del Evangelio aparecieran sobre la mesa. Lo que no se registró en las actas del Concilio es quién guardó la llave aquella noche. El caso es que a la mañana siguiente los Evangelios actualmente aceptados -Mateo, Marcos, Lucas y Juan- estaban cuidadosamente colocados sobre la mesa. Desde ese momento la posesión de uno de los Evangelios no autorizados se convirtió en delito capital, a consecuencia de lo cual decenas de miles de cristianos perdieron la vida en los tres años siguientes a la decisión tomada por el Concilio.

Sobrenatural o no, el responsable del “milagro” del concilio de Nicea debió de haber ponderado mejor la elección de estos cuatro Evangelios, pues los escogidos incurren en abundantes contradicciones que hacen imposible que todos ellos sean textos totalmente infalibles (Por ejemplo, en el Evangelio de Mateo se afirma que el nacimiento de Jesús fue dos años antes de la muerte de Herodes, mientras que si es a Lucas a quien tenemos que hacer caso, Herodes ya llevaría nueve años muerto en el momento del nacimiento de Cristo). Todas estas circunstancias han llevado a algún autor a afirmar que la Iglesia cristiana está fundada sobre la falsificación de las presuntas palabras de un presunto Mesías.

El obispo Eusebio afirmaba en su Historia Eclesiástica lo siguiente: “Merced a su poder para obrar milagros, la divinidad de nuestro Señor y Salvador Jesucristo se convirtió en cada país en motivo de discusión acalorada y atrajo a un gran número de gentes extranjeras de tierras muy lejanas de Judea”. Deberíamos, pues, suponer que tal agitación dejó un rastro imborrable en los registros históricos, cuanto menos similaral de otros acontecimientos aparentemente de menor calado. Pues bien, sorprendentemente, y a pesar de lo que afirman los historiadores eclesiásticos, no existen esas referencias. Los escuetos fragmentos en los que Flavio Josefo se refería a Jesús no resisten un juicio objetivo y con toda seguridad fueron falsificados, probablemente por el ya citado Eusebio (Este texto, denominado Testimonium Flavianum, ha llegado hasta nosotros en cuatro versiones diferentes: griega (Historia Eclesiástica, de Eusebio de Cesárea), latina (De Viris lllustribus, de san Jerónimo), árabe (Historia Universal, de Agapios, siglo X) y siria (Crónica Siríaca, de Miguel el Sirio, siglo XII). La mayoría de los expertos está de acuerdo en que al original de Josefo le fueron intercalados diferentes elementos por parte de escribas cristianos, por lo que no se le puede otorgar ningún valor histórico.). La referencia de Plinio el Joven a los cristianos fue una tergiversación posterior de una cita referida a la secta de los esenios. Otro pasaje muy citado, el del historiador Tácito, curiosamente no parece ser conocido por nadie hasta el siglo XV, casi mil quinientos años después de ser presuntamente escrito. En cuanto a la pretensión de atribuir a Cristo la historia judía de Jesús ben Pandira resulta un poco patética, máxime cuando se refiere a la lapidación de un vulgar charlatán de feria.

Tras el establecimiento de los cuatro Evangelios oficiales comenzó una persecución sistemática no sólo de los llamados Evangelios apócrifos sino también de un gran número de textos paganos, cuyo contenido o bien se oponía a la recién nacida religión, o bien guardaba una sospechosa semejanza con sus dogmas, revelándose como posible fuente de inspiración de éstos. Las diversas herejías gnósticas que surgieron por toda Europa también fueron perseguidas con especial saña ya que, sin dejar de considerarse cristianos, afirmaban el carácter mítico y alegórico del relato evangélico y criticaban duramente a las autoridades eclesiásticas por desvirtuar premeditadamente su mensaje: “Una de las primeras y más ilustradas sectas fueron los maniqueos, quienes negaban que Jesucristo hubiera existido alguna vez en sangre y carne, pero lo adoraban como figura divina aunque sólo de forma espiritual”7.

Igual de decepcionantes que las pruebas documentales resultan las materiales. La arqueología no ha podido aún aportar ninguna prueba concluyente respecto a la validez del relato bíblico. Monumentos, monedas, medallas, inscripciones, vasijas, estatuas, frescos y mosaicos permanecen mudos8. Entre las abundantes incógnitas históricas que aún permanecen sin resolver, una no precisamente baladí es la referente al aspecto físico de Jesús. La Enciclopedia Católica establece claramente que todo lo referente a su rostro son meras especulaciones puesto que no ha llegado a nuestros días ni un solo retrato o descripción fiable, algo que no puede menos que llamarnos la atención tratándose de un personaje que, según los Evangelios, fue “visto por multitudes”.

Los lugares sagrados de la cristiandad tampoco nos aportan gran cosa puesto que la mayoría de ellos fueron considerados como tales a partir del siglo IV. En cuanto a las reliquias, la situación es aún peor: se puede afirmar que el noventa por ciento de ellas son falsificaciones ciertas, y que sobre el diez por ciento restante pende la sombra de una más que justificada sospecha. Baste mencionar a este respecto la anécdota según la cual si juntáramos todas las presuntas astillas de la cruz que se custodian en los templos cristianos, la cantidad de madera resultante daría para construir un buque de cierto porte.

Si acontecimientos relativamente cercanos en el tiempo resultan hasta este punto dudosos, ¿qué no decir de otros considerablemente más alejados, como la narración del Antiguo Testamento?. Recientes estudios historiográficos han puesto de manifiesto, por ejemplo, que hay mucho de mito en el presunto monoteísmo de los antiguos hebreos: “Muchos suponen -de hecho, lo he oído de labios de quienes mejor deberían conocer el tema- que los israelitas fueron siempre monoteístas, que adoraban a un solo dios, Jehová. Esto es erróneo; no eran muy diferentes de sus vecinos en materia de religión. En primer lugar, sabemos que reverenciaban y adoraban a un toro, llamado Apis, al igual que hacían los antiguos egipcios. Veneraban al Sol, la Luna, las estrellas y al resto de los habitantes del cielo. Adoraban al fuego, que mantenían ardiendo en el altar, igual que hacían los persas y otras naciones. Adoraban a las piedras, reverenciaban a un roble y se ‘postraban ante imágenes’. Rendían culto a una ‘Reina del cielo’, llamada diosa Astarté o Milita, y ‘quemaban incienso’ en su honor. Adoraban a Baal, Moloch y Chemosh y les ofrecían sacrificios humanos después de los cuales, en algunas ocasiones, comían la carne de las víctimas”.

Ya hemos apuntado que la historia de Jesús sería una recombinación de varios relatos míticos y religiosos, la mayoría orientales, aunque también se aprecian influencias clásicas y egipcias. Una de las más claras influencias es la del dios Atis. En tiempos del Imperio, Roma contaba, al menos, con dos santuarios dedicados al culto del dios frigio Atis11. El primero estaba ubicado desde dos siglos antes de Cristo en el monte Palatino y constituía el centro de las celebraciones públicas dedicadas a esta figura sagrada, importada de Anatolia en la época republicana. El segundo, levantado ya con los primeros emperadores, se alzaba en la colina Vaticana, en los mismos lugares donde habrían de instalarse la basílica de San Pedro y los palacios pontificios de la cristiandad. El mito de este dios dice que nació el 25 de Diciembre del vientre de la virgen Nana. Fue crucificado un Viernes de Marzo y resucitó al tercer día.

El caso de Atis no es ni mucho menos único. Si repasamos las historias de Buda, Krisna, Mitra, Zoroastro, Dioniso, Hércules, Prometeo, Horus y Serapis nos daremos cuenta de que básicamente se nos está contando la misma leyenda con pequeñas variaciones de una a otra y con asombrosas coincidencias con los Evangelios cristianos. Por otro lado, existe una curiosa e innegable relación entre los mitos astrológicos más antiguos y las historias de la Biblia, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento. Esa relación tiene su traducción en la doble moral con que la Iglesia católica ha tratado desde antiguo a la astrología, condenándola oficialmente a pesar de que muchos clérigos fueron a escondidas practicantes de este arte: “La astrología ha sobrevivido en nuestra cultura gracias a que el cristianismo la abrazó con una mano, mientras que la condenaba como una práctica demoníaca con la otra. Padres de la Iglesia como Agustín, Jerónimo, Eusebio, Crisóstomo, Lactancio y Ambrosio anatemizaron la astrología, y el gran concilio de Toledo la declaró prohibida para siempre. Sin embargo, seis siglos más tarde los concilios y las fechas de las coronaciones de los papas eran determinados por el zodíaco; los aristocráticos prelados tenían empleados a sus propios astrólogos personales y los signos del zodíaco aparecían en la decoración de las iglesias, mobiliario, puertas, manuscritos o pilas bautismales.

Este interés seguramente procede de una circunstancia que tiene una profunda relación con los orígenes del relato evangélico. Cuando decíamos que la personalidad de Jesús era en realidad un mosaico formado por las andanzas de diversos personajes anteriores procedentes de las más variadas culturas no mencionamos que, en realidad, todos esos personajes no son sino diversas advocaciones de la divinidad solar, la forma más antigua y universal de manifestación religiosa. A lo largo de las épocas y las culturas este mito solar mantiene, entre otros, una serie de elementos comunes que a buen seguro resultarán familiares a los cristianos: 1) El Sol muere durante tres días en el solsticio de invierno para resucitar el 25 de Diciembre, cuando la constelación de Virgo (la virgen) asoma por el horizonte. 2) El nacimiento del Sol todos los días es precedido por la aparición de una brillante “estrella”, que en realidad es el planeta Venus, el Lucero del Alba. 3) Con su luz y su calor obra el milagro de transformar el agua de la lluvia en el vino que sale de la uva. 4) Su reflejo “camina” sobre las aguas. 5) Es llamado por sus adeptos “luz del mundo”. 6) El Sol tiene doce “seguidores”, los signos del zodíaco.

Respecto a este último asunto, el de los apóstoles, se pueden hacer algunas matizaciones adicionales: “Los doce discípulos son a menudo presentados como garantes de la historicidad de Jesús, aunque no sepamos nada de muchos de ellos con excepción de sus nombres, a cuyo respecto ni siquiera las fuentes documentales terminan de ponerse de acuerdo. En Marcos y Mateo, de hecho, las enumeraciones de nombres están introducidas en el texto con bastante torpeza. Todo ello nos indica que el número procede de una tradición más antigua que las personas; que la idea de ‘doce’ obedece no a los doce discípulos actuales, sino a otras fuentes (…): “ El número doce es un elemento fundamental en todas las leyendas basadas en mitos solares, incluso en aquéllas muy posteriores a la cristianización, como la del rey Arturo, que se sienta junto a sus doce caballeros alrededor de una mesa redonda que no es sino la alegoría de un zodíaco. A esta misma categoría pertenecerían los doce trabajos de Hércules, los doce ayudantes del dios egipcio Horus o los doce generales que según la tradición acompañaban al dios Ahura Mazda.

Lo mismo sucede con el Antiguo Testamento, muchas de cuyas historias, en especial las del Génesis, han sido importadas de otras tradiciones, como la hindú, con una literalidad tal que ni siquiera han variado los nombres. Curiosamente, lo que sí varió fue el papel estelar que tenía la mujer en estas historias, dado el carácter profundamente patriarcal de la cultura hebrea arcaica: “La mujer, nunca más fue respetada como sagaz asesora o sabia consejera, intérprete humana de la divina voluntad de la diosa, sino odiada, temida o, cuanto menos, segregada o ignorada (…). Las mujeres pasaron a ser representadas como criaturas carnales carentes de raciocinio, actitud que se justificaba y ‘probaba’ con el mito del paraíso (…). Argumentos cuidadosamente diseñados en aras de la supresión de antiguas estructuras sociales continúan presentes en el mito de Adán y Eva, como la divina prueba de que es el hombre quien en último extremo debe detentar la autoridad”.

Otros elementos menores de carácter iconográfico o litúrgico también fueron tomados de otras culturas y religiones, incluido el que actualmente es el símbolo indiscutible de la cristiandad, la propia cruz, que en un principio repelía a los mismos cristianos y que no fue adoptada oficialmente hasta entrado el siglo VII: “Los cristianos primitivos incluso repudiaban la cruz debido a su origen pagano (...). Ninguna de las imágenes más antiguas de Jesús lo representa en una cruz, sino como un ‘dios pastor’ a la usanza de Osiris o Hermes, portando un cordero”. Por otro lado, las imágenes de épocas precristianas que se pueden encontrar en diversos templos de la India representando a Krisna con los brazos en cruz resultan tan similares a los crucifijos cristianos que, sacados de su contexto, resultan indistinguibles para un profano. Elementos tan hondamente enraizados dentro de la tradición cristiana como el Santo Grial, el Apocalipsis, la Santísima Trinidad o el mismísimo Lucifer tienen un origen precristiano fácilmente rastreable a través del estudio de la mitología de diversas culturas de la antigüedad, en especial de la egipcia. Otro tanto ocurre con elementos litúrgicos como el bautismo o la transustanciación y la eucaristía, que ya formaban parte de ceremonias religiosas que se celebraban muchos siglos antes de Cristo.

De hecho, podemos decir que el Antiguo Testamento es un mero plagio de las hazañas de los dioses cananeos, tal como puso de manifiesto el descubrimiento en 1975 de 20000 tablitas de arcilla de más de 4500 años de antigüedad en las ruinas de Ebla, una gran urbe prehistórica que se alzaba en el noroeste de la actual Siria. El punto de máximo apogeo de esta ciudad fue 1000 años antes de la época atribuida a Salomón y David, siendo destruida por los acadios alrededor de 1600 aC. Las tablitas están escritas en cananeo antiguo, un lenguaje muy similar al hebreo bíblico, empleando la escritura cuneiforme sumeria, y en ellas aparecen uno tras otro todos y cada uno de los personajes principales del Antiguo Testamento. Así, las aventuras de Abraham, Esaú, Ismael, David y Saúl son narradas con leves variaciones respecto de su versión bíblica siglos antes de su presunto nacimiento. Para los antiguos cananeos estos personajes no eran “patriarcas”, como lo serían para los hebreos, sino que estaban investidos de cualidades divinas o semidivinas e integraban el panteón particular de este pueblo. Las tablitas también contienen versiones virtualmente idénticas a las actuales de los mitos de la creación y el diluvio universal.

Asimismo, a través de la etimología podemos obtener una pista sobre el origen de los mitos cristianos: “Todos estos nombres de Jesús, Jeosuah, Josías, Josué, etc., proceden de las palabras sánscritas Zeus y Jezeus, la primera de las cuales significa ‘el ser supremo’ y la otra, ‘la esencia divina’. Es más, estos nombres no sólo eran comunes entre los judíos, sino que podían ser encontrados por todo Oriente”. De hecho, los seguidores de Krisna aclaman a su dios durante sus liturgias gritándole “Jeye” o “Ieue”, que pertenecen a la misma raíz sánscrita que “Jesús” y “Yahvé”. Tan extendida estaba en la remota antigüedad esta denominación de “el Salvador” a través de las letras “IE”, que se encuentra incluso en el santuario de Delfos aplicada al dios Apolo. Algo similar ocurre con el título de “Cristo”, cuyo origen lingüístico lo podemos encontrar de nuevo en “Krisna”. Ambas palabras fueron unidas en una sola en el primer concilio de Nicea, en 325, antes de lo cual era completamente desconocida la denominación “Jesucristo”. Aún más antiguo es el nombre de Satán, que procede ni más ni menos que del antiguo Egipto, concretamente de Set, el gemelo de Horus y su principal enemigo, que en ocasiones recibía también el nombre de Sata.

Ni siquiera el Apocalipsis, el libro de la Revelación tan caro para agoreros en general y buscadores de anticristos en particular, resiste una revisión rigurosa. La fascinación que desde hace siglos ejerce este texto debido a su presunto carácter profético ha llevado a que haya sido estudiado e interpretado por legiones de exégetas que le han atribuido los más variados significados. En realidad, esta visión del Juicio Final no es obra de un único autor sino que está construida a partir de imágenes y frases de diversa procedencia. No hay que olvidar que este tipo de literatura era bastante común durante los primeros siglos del cristianismo, e incluso antes, haciendo de los “apocalipsis” un género relativamente popular. El texto atribuido a San Juan es muy similar a la “Revelación de Corinto” y posiblemente ambos textos procedan de la misma fuente. Incluso Eusebio, uno de los padres de la Iglesia, rechaza este título por falso, ininteligible y engañoso, ya que, por mucho que se llame “la Revelación”, lejos de revelar nada se trata de un texto que lo vuelve todo más confuso y, yendo aún más allá, sostiene que el autor no sólo no es Juan sino que probablemente no sea santo ni cristiano. Dionisio mantiene una opinión similar, así como otro buen número de autores que convirtieron el debate sobre la autenticidad del Apocalipsis en uno de los temas recurrentes de las discusiones doctrinales de los primeros tiempos de la Iglesia.

(Fuente: Santiago Camacho, "20 grandes conspiraciones de la historia", Ed. La Esfera de los Libros, Madrid, 2005)



2 comentarios:

  1. El paradigma fundamental es la resurrección y es la pieza sobre la que gira el cristianismo. Los movimientos o partidos políticos nunca llegaron al siglo. El cristianismo tiene 20 siglos y esta vigente como al principio esta observación es más que suficiente para que tenga vigencia

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    1. La resurrección no es más que una muestra de cómo la gente se aferra a su ego, que quisiera eterno. El cristianismo ni siquiera deja claro si se refiere a la carne o al espíritu. Muchos partidos han superado ampliamente el siglo de existencia (conservadores británicos, republicanos y demócratas en USA, PSOE, etc.), no digamos ya los movimientos políticos. Y el cristianismo ha perdurado tanto adaptándose, como cualquier organismo exitoso hace frente a los cambios de su entorno.

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