martes, 24 de abril de 2012

EL FIN DEL CONTRATO SOCIAL

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La autora de este lúcido análisis expone la consecuencia de un hecho patente para todo aquél que, sin retórica vana ni seguidismo respecto a la propaganda oficial, ha despertado a la dramática realidad de nuestra situación actual: esos monstruos burocráticos que son los partidos políticos ya no son los gestores de los intereses de la mayoría, sino sus suplantadores, al haberse puesto al servicio de los intereses de una minoría explotadora y parasitaria, y no de la ciudadanía. La teoría contractualista ya no puede explicar una cesión de poder y soberanía que no es sino una forma de vasallaje feudal.

Tras la primera sesión del pleno del Congreso de los Diputados el pasado 10 de abril Alfonso Alonso, portavoz de Partido Popular en esta cámara afirmó, en respuesta a las declaraciones de Rosa Díez, que España no se encuentra ante una crisis política.

Sin embargo, resulta paradójico observar como el aumento de la abstención ciudadana en las estadísticas electorales ( en España del 24,4% de los votantes en 2004, del 26,5% de los votantes en 2008, abstención de 31,06% de los votantes en 2011)* contrasta con el fenómeno de los movimientos sociales que se han extendido en occidente (Ocupy Wall Street en NY, 15M en España manifestaciones en Moscú, Grecia). Este contraste pone de relieve el anhelo de los ciudadanos por ejercer su derecho soberano de participar en las decisiones políticas y a su vez su rechazo hacia el cauce para hacerlo: el voto.

El motivo de este rechazo es la desconfianza en la actuación política. Esta desconfianza se desprende de la traición perpetrada por los representantes políticos hacia sus votantes y hacia el fundamento de la sociedad democrática: el respeto a la soberanía popular.

El logro de la soberanía popular ha sido un larguísimo camino en la historia. Las raíces de esta creación van más allá de una mera forma de organización social, éstas tienen que ver con una idea trascendental.

La Ética Kantiana introducía en el siglo XVII el concepto de que el hombre es un fin en sí mismo, que no existe para otra cosa. La vida, por tanto, no es un medio, tiene valor propio. Por eso la búsqueda de la felicidad del ser es un objetivo esencial y la libertad y la igualdad son derechos. El fin de la existencia no es el sufrimiento (si el hombre no lo elige) y nadie puede infligirlo sobre otro.

Así se llegó a la deslegitimación de cualquier forma política que condenara al ser a una vida cautiva. Después de siglos se alcanzó la conclusión de que el más legítimo de los orígenes posibles del poder es el que reside en el pueblo soberano. Ésta es la traducción política de la comprensión por parte del ser humano de la igualdad de las personas, de su condición de buscadores de la felicidad y de la necesidad de libertad para lograrlo.

La soberanía popular ha llegado a constituir el gran pilar de la sociedad democrática occidental. Y como tal aparece reflejada en la Constitución Española, a la que se someten y se deben los representantes. Su función pasa por una correcta administración económica pero también y más aún por la preservación de esta soberanía. Ambos son elementos esenciales para el bienestar de los ciudadanos. Pero poco sirve una buena situación económica a una sociedad que no es libre.

Otros avances de la razón siguieron a la idea de soberanía popular como el sufragio universal. Éste último es precisamente la herramienta política que se emplea para materializar aquella. Sin embargo, actualmente se motiva la voluntad de voto con instrumentos no políticos como la falsedad de programas electorales o las estrategias de marketing. Los candidatos olvidan la función política a la que aspiran, la de meros representantes y utilizan a los votantes para otorgarse una falsa legitimidad. Una vez se apropian del poder actúan como soberanos despreciando la voluntad de los auténticos dueños de la soberanía, los ciudadanos. Es aquí donde comienza la crisis política.

El sufragio pierde así todo su sentido y pasa a convertirse en un acto simbólico, al estilo de un sindicato vertical. De esta forma la democracia se vuelve ficticia. Y el gobierno es, en definitiva, ilegítimo.

La usurpación del poder al pueblo, aunque sea de forma camuflada, supone un amenaza para la sociedad igual que lo es el terrorismo o las crisis económicas. Los gobernantes al someter a los ciudadanos a sus designios, a través del engaño, les despojan de su libertad. De esta forma los representantes dejan de serlo para pasar a ser enemigo y destructor de los derechos fundamentales.

Sin embargo a estas alturas de la película la capacidad de razonar y de comprender el derecho a la libertad la poseen la gran mayoría de los ciudadanos, por eso lo reivindican y reconocen el engaño.

Esto es lo que ha desencadenado la fractura entre gobernantes y gobernados. El contrato social ha sido destruido. Aquellos, representantes del poder soberano se han adueñado de él y se lo disputan a sus legítimos poseedores. Los ciudadanos despojados de su derecho a la libertad se encuentran sometidos a los dictámenes que les imponen. Por eso tratan de organizarse, para ser dueños de su destino porque, aunque se equivoquen, las decisiones sobres sus vidas les corresponden únicamente a ellos.

(Fuente: http://carlapastor.blogspot.com.es/2012/04/fin-del-contrato-social.html)

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