lunes, 5 de marzo de 2012

ASESINOS DEL PENSAMIENTO: LA BATALLA POR EL CONTROL DE LA MENTE (3)

Las actividades de MkUltra experimentaron un notable impulso a raíz del supuesto éxito de las técnicas de “lavado de cerebro” en los países comunistas. La popularización de este concepto procede de la guerra de Corea, cuando algunos soldados comenzaron a dar muestras de comportamiento extraño y lagunas en la memoria. No fue hasta 1968 cuando las autoridades norteamericanas tuvieron constancia de las actividades que se habían llevado a cabo con sus soldados capturados durante la guerra. Aquel año desertó el general Jan Sejna, miembro del Comité Central checo del Presidium (Parlamento) y, a la sazón, la mayor autoridad comunista que había atravesado hasta el momento la cortina de hierro. Cuando el militar comenzó a declarar sobre las actividades secretas del Pacto de Varsovia sus interrogadores se llevaron una desagradable sorpresa: “Se utilizaban prisioneros norteamericanos para probar la resistencia fisiológica y psicológica de los militares. También los utilizaban para probar varias drogas de control mental. Asimismo, Checoslovaquia construyó un crematorio en Corea del Norte para hacer desaparecer los cadáveres y las partes sueltas después de finalizados los experimentos. (...) Norteamérica era el principal enemigo y los prisioneros de guerra norteamericanos constituían los sujetos experimentales más valiosos”.

Sejna pensaba que al final de la guerra de Corea se ejecutó a la mayoría de los prisioneros implicados en experimentos, excepto a unos cien a los que deportaron primero a Checoslovaquia y más tarde a la Unión Soviética: “Escuché todo esto de los doctores checos que trabajaban en los hospitales, así como del oficial de la inteligencia militar checa a cargo de las operaciones en Corea, asesores soviéticos y documentación oficial que tuve ocasión de revisar cuando respondí a una petición soviética realizada a Checoslovaquia para que enviásemos médicos a la Unión Soviética para participar en varios experimentos que se estaban llevando a cabo sobre los prisioneros de guerra transferidos. (...) También tuve la oportunidad de ver los informes de las autopsias de los prisioneros de guerra y recibir información sobre varios aspectos de los experimentos”. El desertor había dejado muy claro a la CIA cual era el cruel destino que corrían muchos desaparecidos en combate, y la agencia estadounidense decidió no quedarse atrás. Muchos de estos ensayos, tanto soviéticos como norteamericanos, tenían como objetivo comprobar la posibilidad de utilizar transmisiones de radio o implantes eléctricos como medios para ejercer el control sobre la mente humana. Uno de los propósitos finales de estas prácticas era conseguir fabricar un asesino controlado artificialmente, un agente que ni siquiera supiera que lo era. Probablemente nunca sabremos si tuvieron éxito en este empeño...

Asesinos programados

Una de las prioridades de MkUltra era crear el espía perfecto. Un agente que no pudiera revelar información comprometedora aunque fuera torturado hasta la muerte, alguien que cumpliera con ciega eficacia cualquier orden con la que se lo hubiera programado, incluido el asesinato. Se trataba de fabricar auténticos robots humanos.

En 1967 fue arrestado en Filipinas el puertorriqueño Luis Castillo acusado de planear el asesinato del dictador Ferdinand Marcos. El caso fue exhaustivamente estudiado por la Oficina Nacional de Investigación Filipina, que obtuvo unos resultados cuanto menos sorprendentes. Los análisis psiquiátricos dictaminaron que a Castillo le habían inducido, mediante hipnotismo, al menos cuatro personalidades diferentes. En ocasiones decía ser el sargento Manuel Ángel Ramírez, del Mando Aéreo Estratégico en el sur de Vietnam. Presuntamente, “Ramírez” era el hijo ilegítimo de un misterioso fumador en pipa, un alto oficial de la CIA, que respondería a las iniciales A. D. En otra de sus personalidades, Castillo aseguraba ser uno de los asesinos de Kennedy. Posteriormente, en el transcurso de una sesión de hipnotismo, declaró que la orden de llevar a cabo el magnicidio le había sido introducida en el cerebro mediante técnicas de control mental. En la historia contemporánea existen casos similares, como el de Sirhan Sirhan, asesino de Robert F. Kennedy; James Earl Ray, autor de la muerte de Martin Luther King; Mark David Chapman, asesino de John Lennon; e incluso hay quien incluye en esta categoría de posibles asesinos programados a Lee Harvey Oswald, el presunto asesino de John F. Kennedy, y a Jack Ruby, el sicario que veinticuatro horas después acabó con su vida.

En este momento hace su aparición uno de los personajes más pintorescos de toda esta sórdida historia, el doctor Louis Jolyon West, quien durante el programa de investigación de MkUltra se hizo célebre al administrar una altísima dosis de LSD a un elefante del zoológico de Oklahoma, que, por cierto, murió como resultado del experimento. Tras esta insólita hazaña, la siguiente aparición del doctor West es como psiquiatra de Jack Ruby. West fue designado para tratar a Ruby después de que éste comenzara a decir que formaba parte de una conspiración derechista para asesinar al presidente Kennedy. Tras diagnosticarle un desorden mental, lo puso en tratamiento a base de unas misteriosas pastillas cuya composición nunca reveló. Dos años después de comenzar el tratamiento Ruby moría de cáncer en prisión.

Definitivamente, el doctor West, actual director de la Fundación del Síndrome de Memoria Falsa, no tenía suerte con sus pacientes, ni como médico ni como veterinario. No obstante, eso no parecía preocupar a sus jefes de la CIA.

La trampa psicodélica tuvo que llegar la década de los sesenta para que la Agencia Central de Inteligencia encontrase una utilidad digna de tantos estudios y esfuerzos para el LSD. La Rand Corporation llevaba tiempo investigando sobre el posible impacto social y, sobre todo, político del consumo de LSD sobre la población. La vinculación de esta empresa, con sede en la ciudad californiana de Santa Mónica, con la Agencia Central de Inteligencia es un hecho de sobra conocido entre los expertos en inteligencia. Basta decir que James Schlesinger, ex director de la CIA y ex secretario de Defensa, está en la nómina de la Rand como analista estratégico; y que el presidente de esta empresa, Henry Rowen, había ocupado en la CIA el cargo de jefe del Mando de Inteligencia Nacional. Los técnicos de Rand estaban muy interesados en la influencia del consumo de LSD en la población y, más concretamente, en la posibilidad de que el consumo de alucinógenos pudiera favorecer la inactividad política de ciertos elementos especialmente molestos. Esta idea fue recogida en última instancia por los técnicos del Instituto Hudson, quienes propusieron utilizar el LSD como arma contra el movimiento juvenil que en los años sesenta amenazaba con socavar la estabilidad política estadounidense. El director del instituto -muy interesado en todo lo referente al control social- siguió muy de cerca el tema, estudiando con detenimiento la cultura hippie y su relación con el mundo de las drogas. A raíz de estas investigaciones, considerables cantidades de LSD aparecieron en 1965 en las universidades, ambientes bohemios y radicales de Estados Unidos. La “cultura del ácido” pronto se convirtió en una de las señas de identidad de la rebeldía juvenil de la época. Sin embargo, esto no fue en modo alguno un fenómeno espontáneo.

Aquellos que durante la “década de las flores” deificaron el LSD, llegando a pensar que era el remedio químico ideal para esparcir la paz y el amor en el mundo, no tenían la menor idea de que la CIA estaba utilizando esa sustancia como un arma más en sus planes de manipulación social. Tampoco podían imaginar que la mayor fuente abastecedora del mercado negro de ácido lisérgico durante finales de los sesenta y principios de los setenta estaba en la nómina de la agencia. Se trataba de Ronald Stark, líder de un grupo radical denominado “La hermandad del amor eterno”, más conocida como “la mafia hippie”.

Durante los años que estuvieron en actividad, Stark y sus colaboradores pusieron en circulación más de cincuenta millones de dosis de LSD elaboradas en laboratorios clandestinos europeos. En 1979 Stark fue detenido en la ciudad italiana de Bolonia por posesión de drogas e implicación en varios turbios asuntos de terrorismo internacional, entre ellos el asesinato del político italiano Aldo Moro. Al poco tiempo, el juez encargado del caso lo puso en libertad después de haber encontrado “una impresionante serie de pruebas escrupulosamente enumeradas” de que Stark había estado trabajando para la CIA “desde 1960 en adelante”; es decir, que era un “topo” utilizado en su momento para poner en la calle grandes cantidades de LSD, y más tarde infiltrado en el seno de la organización terrorista Brigadas Rojas. Así quedaba de manifiesto el papel de los servicios de inteligencia norteamericanos a la hora de socavar el movimiento juvenil de los años sesenta.

(Fuente: Santiago Camacho, "20 grandes conspiraciones de la historia", Ed. La Esfera de los Libros, Madrid, 2005)

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