jueves, 1 de marzo de 2012

ASESINOS DEL PENSAMIENTO: LA BATALLA POR EL CONTROL DE LA MENTE (2)

Aparte del personal de la CIA, 1500 soldados norteamericanos fueron igualmente víctimas de experimentos con drogas. Algunos de ellos se ofrecieron como voluntarios, presionados por sus oficiales, pero la mayoría fue presa de programas clandestinos en los que los sujetos experimentales ni siquiera tenían idea de lo que estaban haciendo con ellos. Los frutos de estas experiencias se tradujeron en psicosis, depresiones, aumento de la fatiga de combate y, en algunos casos, suicidio. El sargento mayor Jim Stanley fue uno de estos conejillos de Indias humanos. Se contaminó el agua de su cantimplora con LSD y comenzó a tener procesos alucinatorios que continuaron durante días. Su vida entera se desplomó, tanto en el aspecto profesional como en el familiar, en especial cuando su psicosis lo condujo a golpear en repetidas ocasiones a su mujer e hijos. Diecisiete años más tarde, Stanley fue informado por las autoridades de que había sido objeto de un experimento militar con alucinógenos. La indignación y la impotencia que sintió lo llevaron a demandar al gobierno, pero el Tribunal Supremo estadounidense dictaminó que los experimentos con LSD no eran motivo para entrar en litigio contra el Ejército.

El programa de experimentación clandestina también incluyó someter a la población civil de varios Estados a los efectos de diferentes agentes químicos. Esta situación llevó en 1995 al senador Paul Wellstone y al congresista Martin Olav Sabo a promover una legislación específica para evitar los abusos llevados a cabo por la CIA en el terreno de la experimentación humana. Estos siniestros trabajos de investigación los realizaban personajes como el doctor Ewen Cameron, que en la McGill University de Montreal y bajo la cobertura de un grupo denominado Sociedad para la Investigación de la Ecología Humana utilizó técnicas experimentales tan crueles como mantener a sujetos inconscientes durante meses administrándoles descargas eléctricas de alta intensidad y dosis continuas de LSD. En Dachau o Auschwitz los científicos nazis hubieran palidecido de envidia.

Claro que el doctor Cameron debía de saberlo muy bien, ya que él mismo participó como miembro de un tribunal durante los juicios de Nuremberg.

Sin embargo, donde el Proyecto MkUltra adquiere tintes genuinamente surrealistas es en lo referente a la llamada “Operación Clímax de medianoche”. En 1955 las cabezas pensantes del proyecto situaron su centro de operaciones en San Francisco. Allí se estableció una red de departamentos de libre acceso cuyo uso era ciertamente peculiar. El TSS había reclutado a un grupo de bellas prostitutas que recorrían los bares de alterne en busca de clientes a los que seducir con ayuda de pequeñas cantidades de LSD introducidas disimuladamente en sus copas. Una vez en el departamento, el capitán George Hunter White, jefe de la operación, filmaba todo lo que sucedía a través de un falso espejo. El propósito de esta operación de voyeurismo de Estado era permitir a la Agencia Central de Inteligencia experimentar con diversas técnicas de utilización combinada de sexo y estupefacientes que algún día podrían servir para extraer información secreta a funcionarios extranjeros. Estas “casas de citas” psicodélicas siguieron funcionando hasta 1963, cuando la operación fue suspendida por orden del entonces inspector general de la CIA, John Earman, un hombre de firmes convicciones religiosas que se sintió especialmente escandalizado por la falta de ética de sus colegas. Todo esto comenzó a saberse en 1974, cuando una serie de artículos sobre MkUltra publicados en la prensa norteamericana levantó una auténtica oleada de indignación nacional que motivó que el Senado iniciase una investigación al respecto. La comisión formada a tal efecto tuvo, como suele suceder en estos casos, mucho de formal y nada de efectiva, como lo demuestra el hecho de que, en fechas tan cercanas como Julio de 1991, murieran dos internos del hospital penitenciario de Vacaville víctimas de experimentos similares.

La investigación del Senado fue dirigida por Ted Kennedy, presidente del subcomité del Senado sobre Salud e Investigación Científica. En sus pesquisas se encontró con múltiples trabas, ya que muy pocas personas habían tenido contacto directo con MkUltra, y éstas no estaban dispuestas a revelar lo que sabían. El doctor Sydney Gottlieb, director del TSS, fue la primera persona que puso al subcomité sobre la pista de la operación secreta. Según las declaraciones que hizo el 21 de Septiembre de 1977, el proyecto tenía como propósito “investigar cómo podría ser posible modificar el comportamiento de los individuos sin que éstos se dieran cuenta”. Sin embargo, el doctor Gottlieb se negó a declarar sobre los resultados y métodos de la investigación, acogiéndose al amparo del Acta de Seguridad Nacional. De hecho, en 1973 Gottlieb dirigió personalmente la destrucción de toda la documentación relacionada con MkUltra.

Afortunadamente no fue muy eficaz en esta labor ya que, a raíz de la promulgación de la Freedom of Information Act (FOIA), los investigadores han podido recuperar cierto número de documentos originales del programa. Los experimentos con LSD, que es la más conocida de las actividades de MkUltra, no eran el único campo de investigación que se exploraba en su seno. Se habrían podido encontrar un gran número de curiosidades entre los documentos destruidos. Por ejemplo, según la prensa china, entre la documentación perdida estarían los planos de una “máquina de leer el pensamiento” desarrollada por el propio Gottlieb a partir de sus estudios para inducir el sueño mediante estimulación eléctrica, y una compleja variante de electroencefalograma basada en la radiación electromagnética emitida por el cerebro. Aunque ahora parezca algo más propio de una película de James Bond que de la realidad, conviene recordar que en aquella época la Unión Soviética también estaba investigando tal posibilidad.

Las declaraciones del propio Gottlieb ante el Senado nos ofrecen una pista a este respecto: “Había un notable interés sobre los posibles efectos de las ondas de radio en el comportamiento de la gente, y fácilmente alguien en cualquiera de los muchos proyectos existentes podía estar intentando comprobar si se podía hipnotizar a un sujeto mediante el uso de ondas de radio”. Por desgracia, a los sagaces senadores norteamericanos no se les ocurrió preguntar quién podía tener semejantes intereses.

Hipnotismo, implantes cerebrales electrónicos, transmisiones de microondas y parapsicología fueron otros de los campos que los inquietos investigadores del TSS contemplaron como posibilidades para llevar a cabo sus propósitos.

(Fuente: Santiago Camacho, "20 grandes conspiraciones de la historia", Ed. La Esfera de los Libros, Madrid, 2005)





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