jueves, 9 de febrero de 2012

"GLADIO": CONSPIRACIÓN PROBADA (4ª parte)

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La técnica adoptada en la atrocidad de Madrid, la colocación de bombas simultáneas en trenes, no es nueva. La masacre de 1969 en Piazza Fontana fue precedida por una serie de acciones demostrativas que comenzaron en la noche del 8 al 9 de agosto, con diez bombas colocadas en diez trenes diferentes, ocho de las cuales, de baja potencia, hicieron explosión. Esas bombas fueron colocadas por la organización neofascista llamada Ordine Nuovo, pero los investigadores fueron conducidos a la creencia de que fueron activistas de extrema izquierda [anarquistas] quienes lo hicieron. Hubo nuevas acciones demostrativas en los meses siguientes al atentado, hasta que el 12 de diciembre de ese mismo año, se produjo lo que podríamos calificar de salto cualitativo en la ejecución de aquellas acciones terroristas. Una serie de potentes bombas detonaron en la Piazza Fontana de Milán, pero también en Roma, donde tres artefactos hirieron a 13 personas. Por suerte, otra bomba colocada en el centro de Milán, en la Piazza Scala, no explotó.

Aquí nos encontraos con dos elementos que nos recuerdan claramente los atentados de Madrid: bombas y trenes. Se trata de que la acción terrorista sea brutal y que mate indiscriminadamente. En lugar de los actuales integristas islámicos, los supuestos terroristas de entonces eran activistas de extrema derecha o de extrema izquierda. Así, los auténticos autores de la masacre de Milán y sus encubridores guiaron a la policía y a los fiscales hacia la búsqueda de los asesinos en la extrema izquierda, eligiendo finalmente a los anarquistas como perpetradores del atentado de Piazza Fontana en agosto de 1969.

Dos conocidos anarquistas, Pietro Valpreda y Giuseppe Pinelli, fueron inmediatamente arrestados. Pinelli murió esa misma tarde al saltar desde una ventana de las dependencias policiales donde estaba siendo interrogado. La investigación oficial de su muerte concluyó que se trató de un suicidio. Valpreda pasó varios años en prisión hasta que fueron retiradas todas las acusaciones y fue excarcelado. No obstante, varios testigos oculares, entre ellos un taxista, que aseguraron haber visto a unos individuos sospechosos poco antes de la explosión y haber declarado que podrían reconocerles, murieron en extrañas circunstancias nunca aclaradas.

Como en otros casos más recientes y cercanos, el encubrimiento de los auténticos autores de los asesinatos y actos de terrorismo fue orquestado desde el Ministerio del Interior, del que dependían la policía y una oficina llamada Ufficio Affari Riservati (UAR), una especie de agencia de Inteligencia interior, cuyo jefe era Federico Umberto d’Amato antiguo agente doble italiano que había iniciado su carrera durante la Segunda Guerra Mundial bajo las órdenes de James Angleton, a la sazón jefe de operaciones de la Office of Strategic Services (OSS) en Italia. En aquella época la OSS (futura CIA) estaba supervisada por la Inteligencia Militar norteamericana y el MI6 británico. Terminada la guerra, y gracias al determinante apoyo de James Angleton, D’Amato fue nombrado director ejecutivo de la Secretaría Especial de la OTAN, actuando como enlace entre esta organización y los servicios secretos de los Estados Unidos.

Guido Salvini, fiscal de Milán, había establecido que Delfo Zorzi, el terrorista inicialmente condenado, y después declarado inocente, por haber colocado la bomba de Piazza Fontana, había sido reclutado por D’Amato en 1968. Pero el fiscal Salvini descubrió mucho más. Un testigo, Carlo Diglio, decidió en 1992 colaborar en las investigaciones y reveló que había trabajado como infiltrado en el grupo de Zorzi para la inteligencia militar norteamericana encuadrada dentro de la comandancia de la OTAN en Verona. Los servicios secretos norteamericanos estaban al corriente del atentado que Diglio y los suyos preparaban para el 8 de agosto y el 12 de diciembre. El superior inmediato de Diglio, el capitán de la US Navy David Garrett, señaló más tarde que las órdenes eran que todas las acciones debían ser meras demostraciones de fuerza, sin que produjesen víctimas. Por su parte, Carlo Diglio admitió que Garrett estaba en permanente contacto con Pino Rauti en Roma, líder de la organización masónica Ordine Nuovo (ON), de la que Zorzi era uno de sus dirigentes en la región de Véneto.

Según las revelaciones de Diglio, el segundo participante en la acción de Piazza Fontana, Carlo Maria Maggi, era líder de la célula de ON en el Véneto y el tercero, Giancarlo Rognoni, era también miembro de la organización ON en Milán, y se encargó de facilitar apoyo logístico.

En 1971, dos miembros de Ordine Nuovo, Franco Freda y Giovanni Ventura, fueron arrestados en relación con la investigación de los atentados de Piazza Fontana, así como con otras acciones terroristas menores. Sin embargo, cuando los dos fiscales de Milán encargados de la investigación, Gerardo D’Ambrosio y Emilio Alessandrini estaban cerca de desenmascarar a la práctica totalidad de los componentes de la red terrorista y a su cúpula directiva, la titularidad de la investigación les fue arrebatada y trasladada a la ciudad de Catanzaro, en el sur de Italia, donde Freda y Ventura fueron exculpados y declarados inocentes en la vista.

La tenacidad del antiguo fiscal de Milán, Guido Salvini, que prosiguió con las investigaciones al margen de presiones políticas, obtuvo como resultado que varios testigos asegurasen que fue Franco Freda quien compró los temporizadores usados en las bombas, y que fue Giovanni Ventura quien los instaló en los artefactos explosivos. Pero ni Freda ni Ventura pueden volver a ser juzgados por un delito del que ya fueron absueltos.

En 1969 el objetivo del plan urdido por los servicios secretos norteamericanos consistía, básicamente, en desestabilizar Italia. Presentar a una derecha neofascista dispuesta a hacerse con el poder a toda costa, para que así los socialistas fuesen excluidos del Gobierno y los comunistas del influyente PCI diesen algún paso en falso que propiciase la intervención de la OTAN. Pero el primer ministro italiano, Mariano Rumor no mordió el anzuelo, bien aconsejado por el ministro de Exteriores de entonces, Aldo Moro, que se enfrentó al presidente de la República (jefe de Estado) Giuseppe Sagarat, para disuadirle de sus intenciones de declarar el Estado de Emergencia. Hubo una gran crisis de Gobierno, pero en apenas tres meses, gracias a la mediación de Aldo Moro en buena parte, el presidente de la República logró reunir otro gabinete y superar la crisis.

La actuación de Aldo Moro y su partido, la Democracia Cristiana, fue decisiva para superar la crisis. Pero no era la primera vez que Moro se enfrentaba a la amenaza de un golpe de Estado. En 1964, cuando él, como primer ministro, estaba negociando el primer gobierno con participación socialista, el presidente de la República, el cristianodemócrata Antonio Segni le hizo a saber que un importante sector del partido y de la oligarquía empresarial y financiera no veían con buenos ojos la inclusión de los socialistas en el Gobierno. Segni transmitió a Moro el mensaje que le había hecho llegar el coronel Renzo Rocca, jefe de la división económica del SIFAR, el servicio secreto militar italiano. Rocca (quien después de su período en el SIFAR fue recolocado en la fábrica de automóviles FIAT en Turín) informó a Segni que el establishment financiero y empresarial preveía una crisis económica catastrófica si los socialistas participaban en el Gobierno de coalición. El presidente de la República, Antonio Segni, fracasó en su intento de disuadir a Aldo Moro y en consecuencia tuvo que abandonar la presidencia el 6 de diciembre de 1964 tras sufrir un serio accidente cerebrovascular que le dejó hemipléjico.

La peor amenaza para que los especuladores puedan llevar a cabo sus planes de sometimiento de un país, como era el caso de Italia en aquella época, es que se cree un Gobierno de coalición, en el que, aparcando sus diferencias, participen las principales fuerzas políticas, con un propósito bien definido: sacar al país de una crisis, ya sea esta política, económica o social.

Como medida de presión, el presidente de la República italiana, Antonio Segni, manifestó su intención de retirarle el mandato de Gobierno al primer ministro Aldo Moro, y dárselo a un tecnócrata, Cesare Merzagora. Además, Segni recibió ayuda del vicepresidente de la comisión europea, el socialista Robert Marjolin, quién atacó públicamente el programa de gobierno de Moro en nombre de la Comunidad Económica Europea. Robert Marjolin se había reunido con Segni en París unos meses antes para diseñar la estrategia a seguir contra Moro.

Aldo Moro y sus aliados se tomaron las amenazas de Segni muy en serio, y así, el Gobierno de centro-izquierda, un proyecto que comenzó Moro en 1960 y que contaba con la ayuda de la administración Kennedy, ya nació como un caso perdido. Kennedy murió asesinado en Dallas en noviembre de 1963 y Aldo Moro fue secuestrado y asesinado por las Brigadas Rojas en mayo de 1978. Ahora bien: ¿qué motivo podían tener los supuestos guerrilleros comunistas de las Brigadas Rojas para asesinar al líder de la Democracia Cristiana que siempre había abogado por el entendimiento con el Partido Comunista y con los socialistas italianos?

Ninguno, salvo que dichos guerrilleros de extrema izquierda fuesen en realidad hombres de los servicios secretos italianos, agentes de la CIA o mercenarios de la Gladio.


(Fuente: http://atlantictimes.wordpress.com/2011/08/01/la-verdad-sobre-gladio-eta-y-demas/)

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