sábado, 14 de enero de 2012

HISTORIA NACIONAL DE LA INFAMIA: EL FALSO "SÍNDROME TÓXICO DEL ACEITE DE COLZA" (3)

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Desde el primer momento el Gobierno y la Administración se opusieron con fuerza a toda vía de investigación distinta a la marcada, de forma inmediata, por el Ministerio de Sanidad. Cambiando brusca y repentinamente de la vía respiratoria a la digestiva, mantuvieron a capa y espada la (totalmente indemostrada) hipótesis del aceite de colza frente a la alternativa, que apunta a productos organofosforados o a combinaciones o variantes de ellos.

Intencionadamente no llamo a esta segunda línea explicativa «la tesis del Dr. Muro», para quitar base a las demagógicas y malintencionadas descalificaciones hechas a su figura y, a través suyo, a la hipótesis alternativa. Aunque el Dr. Antonio Muro Fernández-Cavada es el más conocido y, probablemente, el que más esfuerzos realizó en dicha vía (méritos que espero sean pronto reconocidos), no fue el primero (el Dr. Peralta apuntó a los organofosforados en un artículo aparecido en Ya el 12 de mayo de 1981) ni, afortunadamente, el único. Junto a él, o por caminos distintos, han defendido (con posibles matices) la vía alternativa, además del citado Dr. Peralta, por lo menos los Dres. Sánchez-Monge, Sanz, Granero, Montoro, Báguena, de la Morena, Bolaños, Martínez Ruiz, Clavera, Frontela, Martín Ramos, Corralero, Estellés, López Ágreda, Antonio y Alberto Muro Aceña y Wassermann (de Kiel, Alemania). También han sostenido esta línea otros médicos y sanadores alejados de la medicina oficial.

Pese a que la investigación alternativa ha tenido que sufragarse de manera casi exclusiva con sus propios medios, ha obtenido resultados suficientes para afirmar que este camino permite aproximarse a la explicación del ST. Una concreción de esta vía -los compuestos organofosforados contenidos en los productos Nemacur y Oftanol de la casa Bayer, usados por uno o varios (entre once) agricultores de la zona de Roquetas de Mar (Almería) en el cultivo de tomate tempranero clase Lucy- parece poder explicar la mayoría de casos ocurridos a fines de abril, mayo e inicios de junio de 1981.

Sin embargo, aún quedan importantes cuestiones por aclarar, por lo que es urgente completar y complejizar las investigaciones realizadas.

Nuevas investigaciones con una difusión amplia, requieren numerosos medios, tanto humanos como materiales. Para reunirlos es necesario romper el muro de silencio que la tesis oficial ha levantado en torno a la alternativa. Cualquier persona o asociación puede contribuir aumentando su información y formándose su propia opinión. Ya existe material importante: además de en el artículo aparecido en Integral n°. 107, en las conclusiones del abogado defensor D. Jesús Castrillo y en la propia sentencia, me he basado en los libros «Pacto de silencio», de Andreas Faber-Kaiser, y «El montaje del Síndrome Tóxico», de Gudrun Greunke y Jörg Heimbrecht (ambos distribuidos por Prólogo). Y se pueden socializar los elementos adquiridos, mediante charlas, debates e iniciativas que amplíen su difusión e interés. El tema se lo merece.

Revitalizarlo podría tener una inmediata positiva consecuencia: mejorar la salud de los afectados. En efecto, la información tendenciosa que ha rodeado al ST ha ocultado algo muy importante: varios tratamientos curaron enfermos. Y, lo que es más actual, aun podrían resultar eficaces, aunque en un grado imposible de precisar por adelantado.

La incorrecta identificación de la causa de la epidemia implicó un tratamiento a su vez incorrecto, incluso contraindicado. La abnegación de la medicina asistencial permitió, sin duda, salvar muchas vidas en aquellas semanas en las que los nuevos casos se contaban por millares. Pero el resto de la medicina oficial falló porque se encarriló por vericuetos ajenos a las verdaderas causas.

La única excepción de la que se tiene constancia es el Dr. Luis Sánchez-Monge Montero, que consiguió curar a varios afectados, sobre todo niños. Quizá no sea casual su cargo de teniente coronel del Ejército, y haya que buscar en sus concimientos sobre la guerra química la información que le permitió intuir una intoxicación por organofosforados. El Dr. Sánchez Monge hizo llegar un informe con su tratamiento y los buenos resultados obtenidos -en él constan datos de siete pacientes que había curado hasta enero de 1982- a sus superiores jerárquicos, a la Dirección del Hospital «Niño Jesús», al INSALUD y al Gobierno, publicando en el n°. 937 de la revista «Tribuna Médica», aparecida el 19 de marzo de 1982, y bajo la rúbrica «Síndrome Tóxico», el artículo «Tratamiento con fosfato disódico y acetato de betametasona. Mi experiencia personal». Un silencio total fue la única reacción ante sus iniciativas. Pero en abril de 1987 el Dr. Sánchez-Monge aún afirmaba: «Estoy convencido de que hay gente que todavía se puede curar».

También otras curaciones encontraron la callada por respuesta, pese a ser más numerosas. Puede parecer lógico, dado el corporativismo de la medicina oficial y de la mayoría de sus practicantes ante las medicinas alternativas, pero resulta inaceptable si se pretende la curación de enfermos. Un mínimo -a la espera de nuevas informaciones- de cuatro equipos de medicinas alternativas consiguieron sanar a numerosos afectados: dos equipos (uno de Madrid y otro de Barcelona) con homeopatía, otro con acupuntura y un cuarto combinando macrobiótica, presopuntura e hidroterapia.

En nombre de este último equipo, el profesor Rallo editó en 1983 el libro «El síndrome tóxico, un reto a la medicina». De él extraigo las siguientes escenas... con la esperanza de que su difusión ayude a cambiar el escenario.

Tras repetidos ofrecimientos de sus métodos y resultados, el Ministerio de Sanidad accede a entrevistarse con representantes del equipo del profesor Rallo. Tras brindarse éstos a llevar la lista de todos los afectados que había curado, se les respondió que bastaba con sesenta. En la entrevista, realizada en noviembre de 1981 y que calificaron como fría, forzada y sin que las autoridades mostrasen no ya entusiasmo, sino interés alguno, entregaron la lista con los datos personales y clínicos de los sesenta curados. La única reacción consistió en que una voz, que no se identificaba, telefoneó a los primeros componentes de la lista y, tras controlarlos como afectados, les preguntó si habían sido tratados por el equipo Rallo y cuál era su situación actual; al responder explicando lo positivo de su evolución, el anónimo «comunicante» colgaba. La ronda no llegó a completarse.

El ST afectó, sobre todo, a personas de economía débil, pero también a algunas familias bien situadas. Entre éstas se encontraban los hijos y nietos de Emilio Romero. Un periodista me comentó, extrañado, que pese a estar directamente implicado, su eminente colega no había escrito ni un artículo sobre el tema. Sus razones tendrá, y sería sin duda interesante conocerlas. En cualquier caso, el libro de Rallo proporciona elementos sobre el caso, pues narra cómo recibió una llamada de Emilio Romero quien, al ver que la medicina oficial no mejoraba a sus seres queridos, le solicitó que los tratase su equipo. Así se hizo y, al parecer, con tan convincentes resultados que no hizo falta escribir sobre ellos...

(Lluís Botinas, artículo publicado en «El Correo del Sol» de octubre de 1989, revista «Integral» n°. 118)

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