martes, 1 de noviembre de 2011

UN TESTIMONIO DE LOS MILES POSIBLES

Reproduzco una carta al director publicada por el diario "ABC" el lunes 24 de octubre y que, en su sencillez, alude a las consecuencias más dramáticas de la acción de esa E.T.A. a la que mezquinos políticos parecen querer reconocer algún mérito: el brutal impacto sobre la vida de personas decentes y honestas.

DESPUÉS DE E.T.A.

Estas pocas líneas se me hacen insuficientes para contar una de tantas historias que se producen después del paso de esta banda terrorista por la vida de las personas. Pasados los primeros momentos en que la televisión pone de manifiesto el dolor de una viuda o unos hijos, nadie sabe que ese sufrimiento no ha hecho más que empezar. Sé que son muchos los casos e igual de terribles como el que padeció mi hermana. A ella quiero rendirle mi particular homenaje desde aquí, para que su “sacrificio”, pues yo lo quiero denominar así, no quede en vano.

Podría contar cómo ella estaba embarazada de tres meses y con un hijo de cuatro años cuando la banda terrorista etarra segó la vida de su marido en el País Vasco. Podría contarles como ese niño nació autista profundo. Nadie sabrá si esa enfermedad fue consecuencia de la depresión que arrastró mi hermana desde ese fatídico día, depresión que le acompañó hasta su muerte. Se vio condenada a vivir viendo cómo su hijo pequeño era internado en un centro para su cuidado desde los cuatro años y el hijo mayor crecía solo, sin un padre, sin una madre, y con su único hermano lejos de él.

Sé que no es justificable que estas terribles circunstancias llevaran a su hijo mayor a engancharse a múltiples adicciones de las que hoy no puede salir, pues mucha gente en una situación similar no toma ese camino. Pero él sí lo hizo, y la vida que le daba a mi hermana era insoportable. Desde malos tratos psíquicos hasta llevarla casi a la ruina; teniendo, incluso, que denunciarlo en múltiples ocasiones para poder “respirar”. Y, en esta última ocasión, para no volver a verlo entre rejas, decidió marcharse a ese viaje del que no hay retorno posible. Lo hizo sabiendo que a su hijo discapacitado nada le faltaría, pues me dejó siempre el encargo de cuidarlo en su ausencia.

Ahora te digo, hermana mía, que ya puedes descansar en paz, pues me concedieron, tras un largo y penoso juicio, su custodia. También te digo que eres mi heroína particular, y quiero que todo el mundo lo sepa. Nunca te rendiste. Tan sólo te cansaste de luchar. Y ahora yo retomo tu lucha. Por todas esas madres, hijas y hermanas que sufren calladamente, y que para mí son las grandes heroínas de este mundo, las que, además, no salen en los medios de comunicación.


J.M.R.M.

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