martes, 22 de noviembre de 2011

LENNON DEBE MORIR: LA GUERRA SUCIA CONTRA LAS ESTRELLAS DEL ROCK (1)


John Lennon, Jimi Hendrix, Jim Morrison ... sus muertes llenaron de lágrimas los ojos de millones de admiradores en todo el mundo. Pero ese llanto hubiera sido de rabia de haberse sabido que estos músicos hallaron su trágico final no como consecuencia de imprudencias o accidentes fortuitos, sino de un plan perfectamente organizado para poner freno a la contracultura norteamericana.


Los grandes medios de comunicación norteamericanos están infiltrados por agentes de la CIA y presuntos patriotas que encuentran muy poco conveniente que salgan a la luz historias sobre asesinatos políticos en Estados Unidos. Sin embargo, éstos existen y se relacionan directamente con las operaciones clandestinas que la Agencia Central de Inteligencia y el FBI han mantenido contra determinadas estrellas del rock, en aras de una estabilidad social mal entendida. Los blancos de estas acciones sabían que estaban en el ojo del huracán. De hecho, muchas de las víctimas sufrieron extraños episodios de paranoia antes de sus sospechosas muertes.

En 1980, el periodista danés Henrik Krüger reunió cierto número de informaciones suprimidas sobre el entorno de Nixon dentro del Partido Republicano. Según Krüger, «el asesinato se convirtió en un modus operandi bajo el mandato de Nixon». En aquella época, en la Casa Blanca se constituyó un verdadero escuadrón de la muerte, comandado por Howard Hunt, un asesino a sueldo de la CIA que solucionó para el presidente del Watergate muchos «asuntos complicados». Sus métodos eran de lo más variado pero, dado que el mejor asesinato es aquel que nadie llega a investigar, las «sobredosis de droga» y los «suicidios» se convirtieron en los favoritos de su arsenal.

En 1967, una forma de música cada vez más subversiva comenzó a fundirse con la política en San Francisco. Con la Guerra de Vietnam en pleno apogeo, las minorías raciales reclamando sus derechos y los soviéticos multiplicando su capacidad armamentística, no se podía tolerar que una pandilla de melenudos se pusiera a enredar más las cosas. El FBI, guardián del modo de vida norteamericano, decidió poner a trabajar a lo mejor de su departamento de operaciones clandestinas. Por su parte, la CIA, muy aficionada a bautizar a sus actuaciones con nombres propios de una película de James Bond, puso en marcha la «Operación Caos», cuyo fin era terminar con el movimiento hippie, o al menos volverlo inofensivo.

La nación entró en un estado cercano al propio de la ley marcial después de que hicieran su aparición aquellos jovenzuelos que se dejaban crecer la melena y se negaban a ser inmolados en el infierno asiático.

Siguiendo las consignas de la CIA, la mafia recuperó el papel que ya interpretara durante la ley seca, dirigiendo laboratorios clandestinos que abasteciesen el mercado de las drogas. Incluso se constituyó una «mafia hippie», un grupo llamado «La Hermandad del Amor Eterno» que, liderado por el agente de la CIA Ronald Stark, llegó a hacerse con el monopolio del tráfico de LSD en Estados Unidos; todo ello con el propósito de socavar los cimientos de la floreciente revolución, a golpe de alucinógeno.

Mae Brussell, una verdadera enciclopedia viviente en materia de conspiraciones, llegó a algunas conclusiones muy interesantes en un manuscrito inédito: «El LSD era el motor de toda la operación; el causante, entre otras cosas, del asesinato de Sharon Tate». Se sospecha que Charles Manson, músico fracasado que supo reconducir su talento hacia la carrera de gurú de una secta de asesinos en serie, Bobby Beausoleil, un espécimen de no mucha mejor catadura, y el Beach Boy Dennis Wilson, encontrado ahogado en extrañas circunstancias en 1988, fueron algunos conejillos de indias empleados en esta operación. El centro de este festival de la psicopatía alucinógena, e íntima amiga de los tres anteriores, era Mama Cass Eliot -líder de The Mamas & The Papas-, quien murió en 1974 como consecuencia de un «paro cardiaco», según el forense. Su amigo Paúl Kassner piensa que fue asesinada y declaró: «Sabía demasiadas cosas sobre las conexiones criminales entre Hollywood, Washington y Las Vegas... También era amiga de Sharon Tate».

En Reino Unido las cosas no eran muy distintas. Allí, el mayor enemigo para el orden público eran los Rolling Stones. Fueron sometidos a un incesante acoso por parte de las autoridades, que terminó en una trampa que dio con los huesos de los componentes del grupo en una celda por posesión de narcóticos. Peor suerte corrió Brian Jones -uno de sus miembros más carismáticos- que fue encontrado ahogado en su piscina el 2 de julio de 1969. El caso fue archivado como «muerte accidental» pero, en 1994, el diario UK Independent sacó a la luz hechos y testimonios que inducen a pensar que pudo tratarse de un asesinato.

Cinco meses después del «accidente» de Jones, un festival de música celebrado en Altamont, cerca de San Francisco, acabó en batalla campal, deteriorando definitivamente la imagen del movimiento hippie.

El responsable del desastre del festival de Altamont fue Ralph «Sonny» Barger, encargado de la seguridad y líder de la banda de motoristas conocida como «Los Ángeles del Infierno». Hubo numerosos heridos y un joven muerto, apuñalado por un motorista cuando presuntamente alzaba una pistola contra Mick Jagger. Tiempo después, Barger declaró ante un tribunal que llevaba años haciendo «trabajitos» para las autoridades. Quizá sabotear el festival de Altamont fuera uno de estos encargos.

Así las cosas, con la juventud y la resistencia en el punto de mira de los sicarios de la «Operación Caos», no es nada inverosímil que Jimi Hendrix -el exótico y pacifista «Elvis negro de los 60»- se convirtiera en un blanco prioritario. ¿Fue Hendrix asesinado mientras se encontraba bajo el efecto de los barbitúricos? La versión que divulgaron los medios de comunicación fue la consabida sobredosis que tan oportunamente ha matado a tantas estrellas del Rock. Sin embargo, el encargado de la autopsia del músico, el Dr. Bannister, reportó que en el momento de limpiar su esófago «cantidades ingentes» de vino tinto «salieron a través de su boca y nariz» Asimismo encontraron gran volumen de esta bebida en sus pulmones. «Es notable -declaró el médico-, porque les aseguro que uno no tiene todos los días la ocasión de examinar un cadáver ahogado en vino. Tenía algo alrededor del cuello --creo que era una toalla-, y estaba también empapada de esta bebida». La hora de la muerte no coincide tampoco con la versión oficial que se ofreció a la prensa y, desde luego, los «detalles» proporcionados por Bannister no fueron dados a conocer, dejando que sus admiradores siguieran pensando en Hendrix como en un yonqui que murió ahogado en su propio vómito.

El cadáver de Jim Morrison fue encontrado por Pamela Courson, su esposa, en la bañera de su piso de París, a primeras horas de la mañana del 3 de julio de 1971, exactamente dos años después de la muerte de Bryan Jones. A la mayoría de sus conocidos no les sorprendió esta muerte. Durante meses le vieron capitular lentamente, vencido por la desesperación y una creciente paranoia. Las autoridades americanas, preocupadas por su posición de liderazgo en el ámbito de la nueva izquierda, le habían estado acosando desde mucho tiempo atrás. Sin embargo, una vez más la prensa achacó el fallo cardiaco a una presunta, sobredosis, cuando era de sobra conocido que Morrison, espantado por la muerte de Janis Joplin, había renegado de las drogas. Algo tendrá que ocultar la CIA a este respecto cuando durante años ha mantenido a un agente suplantando la identidad de Morrison, manteniendo operativos, un pasaporte y varias cuentas bancarias a su nombre y -para añadir el toque de surrealismo al asunto- escribiendo un libro firmado por el difunto, todo ello para crear la leyenda de una presunta muerte fingida y así alejar las sospechas de un asesinato político.

(Primera parte del artículo de Santiago Camacho publicado en el núm. 122 de la revista "Año Cero")

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