jueves, 17 de noviembre de 2011

CARTA AUTO-INCULPATORIA DEL OBJETOR ELECTORAL ADRIÁN VAÍLLO

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Soy Adrián Vaíllo, un joven que ha sido llamado a formar parte, como primer vocal, de una de las mesas electorales que se van a organizar en Elche el próximo 20 de noviembre de 2011 con motivo de la celebración de elecciones generales. Ante tal orden, cuyo incumplimiento pena el estado con “prisión de tres meses a un año o multa de seis a veinticuatro meses”, he decidido declarar mi OBJECIÓN DE CONCIENCIA.

Lo primero que hice tras recibir la notificación de la administración fue ponerme en contacto con las personas que forman parte de ella para, aprovechando los cauces legales, comunicarles mi decisión. Mi única intención era exponer, de igual a igual, los motivos que me conducen a obrar así; es decir, hacer lo más parecido que podía a dialogar y apelar a la conciencia de mis interlocutores para que revocaran mi nombramiento o, al menos, debatir sobre sus motivos si decidían no hacerlo. Sin embargo, lejos de conseguir nada parecido, recibí un “no” inargumentado por respuesta, ratificando así mi obligación de formar parte de la mesa y mostrando su nula voluntad de solucionar el problema.

Es ahora, en este estado de la situación, cuando hago pública a la sociedad mi objeción. Tres son los motivos que, fuertemente entrelazados, me deciden a actuar como lo hago: la profunda convicción de que no vivimos en un régimen democrático, la vigorosa idea de que el bien no se puede imponer y, por último, lo que me queda de conciencia libre, que me exhorta a actuar según mi ética y a denunciar aquello que considero injusto.

Hace ya años que decidí no votar. Si enumerara los motivos que hay para ello, no pararía: la desviación de dinero supuestamente público a fines privados, la desigualdad social, las promesas electorales que sistemáticamente se evaporan, las ingentes cantidades de euros destinados a la represión y la muerte… Si aún así considerara que vivimos en un sistema digno con imperfecciones subsanables, no dudaría en participar en él y aportar mi granito de arena en mejorarlo, pero no es este el caso. La corrupción del sistema no afecta a sus accidentes, sino a su misma esencia; es decir, es intrínseca a él.

Apuesto sin reservas por la democracia; esto es, por la política hecha en libertad entre iguales. Y mis iguales son todos los seres humanos. Por ello, no puedo dejar de estar en desacuerdo con el actual sistema político y electoral, no puedo dejar de ver a los políticos profesionales como usurpadores de la libertad de las personas y no puedo dejar de pensar que en democracia nadie renuncia a decidir sobre los asuntos que le afectan porque deposite un voto cada cuatro años. A esto debemos sumar que muchas de las personas que forman parte del poderoso tándem estado-capital y que, por tanto, tienen poder de decisión sobre nosotros, ni siquiera concurren a las elecciones, lo cual nos debe hacer meditar sobre la mentira política que vivimos.

Pero no acaba todo aquí: con capitalismo no puede haber democracia. En el actual mundo laboral el propietario lo es, teóricamente, solo de las cosas, pero este hecho le otorga la potestad de dominar a otros seres humanos. De este modo, se crea una relación de desigualdad entre las personas y se anula la capacidad de decisión de los trabajadores sobre los métodos y la finalidad de su labor; por lo tanto, en un asunto tan influyente en nuestra cotidianeidad como el trabajo nos limitamos a acatar lo que se decide por nosotros.

Frente a las elecciones promovidas por el estado, me uno a quienes proponen la formación de una red horizontal de asambleas libres y la toma de decisiones por consenso, la cual promueve la reflexión y la dilucidación colectiva y mutua sin la que no puede existir la democracia. Esta apuesta se basa en la confianza en la capacidad de los seres humanos de auto organizarse para tomar las riendas de su propio destino.

Frente al capitalismo, apuesto por la auto gestión y una economía basada en los principios de colaboración y apoyo mutuo, ajena a las jerarquías, que fomente el desarrollo de las capacidades de cada persona, que haga a todo el mundo participe de su finalidad y que no sojuzgue la libertad de nadie.
Solo a una sociedad que se rija por estos principios podré considerarla, aunque imperfecta, democrática.

Llama profundamente la atención que un régimen defendido por quienes aprovechan la menor oportunidad para pronunciar la palabra “libertad”, tenga en ésta uno de sus blancos principales.

Sorprende que tantos derechos proclamados a los cuatro vientos por el estado puedan ser suspendidos si se declara un estado de alarma, excepción o sitio, y ya hemos visto que esto ocurre. Así queda claro que, cuando interesa al poder, nuestras libertades no son más que papel mojado y que para que así sea acechan el ejército y la policía. Sin embargo, las imposiciones y prohibiciones no se dan solamente en circunstancias tan extraordinarias, pues están a la orden del día.

Resulta irónico que para montar su “fiesta de la democracia” el estado precise de exigir servicios personales por la fuerza a sus dominados, como un señor feudal a sus vasallos. ¿Tan poco apoyo tiene que entre las 500 y 2 000 personas censadas en cada mesa electoral no salen los pocos voluntarios necesarios para formarlas? Pues parece que no, y no es de extrañar, pues sus formas falsamente democráticas y sus coacciones tienen como resultado en la sociedad un buscado desinterés y apatía por lo público que se soluciona con nuevas constricciones cuando es necesario.

Así, el sistema prescinde de los lazos políticos, económicos, sociales y emocionales que la asamblea, la autogestión y el apoyo mutuo fomentan y que hacen de la generosidad y el amor, y no de la sanción, el verdadero motor de la vida en común. Este es el primer paso que puede convertir a una sociedad en bondadosa, pues el bien, lejos de poder ser impuesto, nace siempre de la profunda convicción interior, y esta solo es posible si existe la libertad de conciencia.

La libertad de conciencia es la primera condición sobre la que se debe asentar la democracia, pues sin ella no puede existir. Si no desarrollamos la capacidad para elegir nuestras acciones, si no reflexionamos sin coacción antes de hacer, si no razonamos y sentimos lo bueno y lo malo, nunca podremos decir que obramos según nuestra voluntad.

El estado y el capital buscan, constantemente, anular el desarrollo de esta capacidad humana. Continuamente se nos transmiten desde los grandes medios de comunicación del poder los valores que benefician al sistema: fuertes deseos de riqueza y ascenso social, competitividad, los beneficios de una vida tranquila y despreocupada, el valor del trabajo como simple generador de recursos, un feroz consumismo… El problema no está en que quienes defiendan esta manera de entender la vida puedan hacerlo, el problema está en que estas ideas copan la mayoría de la información que recibe la gente y son presentadas mediante el lenguaje falsamente inocente, pero realmente manipulador, de la publicidad.

En una sociedad que respetara la libertad de conciencia se debería promover el debate en igualdad de condiciones para todas las visiones. Solamente así cada cual puede desarrollar unos valores y un criterio propio conforme al cual actuar.

Por otro lado, el actual sistema legisla todos los aspectos de la vida que es capaz. Así, por un lado, las personas evitan tener que cavilar sobre sus acciones, pues la ley ya les dice lo que deben hacer; y por el otro, si alguien desobedece libremente y según su conciencia la legislación, sentirá golpear sobre su cabeza el martillo de la represión. De este modo, el estado controla, no ya sólo la libertad de conciencia, sino la posibilidad de ponerla en práctica. Ello explica que la administración haya respondido a mis motivaciones éticas con un frío y solitario “no”. Por supuesto, este es solo un pequeño ejemplo de coacción, menor que tantos de los que ocurren a diario.

Por todo lo expuesto arriba, expreso mi total rechazo a un sistema político, económico y social profundamente injusto e inhumano, así como a la farsa electoral que ayuda a sustentarlo; como consecuencia de lo cual, no puedo hacer otra cosa que no participar en las próximas elecciones ni como elector ni como vocal en una mesa.

Henry D. Thoreau lo vio claro: “Lo deseable no es cultivar el respeto por la ley, sino por la justicia”. Luego añade: “¿Cómo puede estar satisfecho un hombre por el mero hecho de tener una opinión y quedarse tranquilo con ella?” De este pensamiento, en definitiva, procede mi modo de obrar.

No pretendo buscar trampas ni trucos que me eximan de acatar esta orden; por supuesto, tampoco tengo la intención de causar ningún trastorno a quien decida votar. Por todo ello he tratado de ponerme en contacto con la administración y comunicarle mi decisión firme.

Este es, sencillamente, un acto de denuncia de una situación injusta y, como tal, anda por el mismo sendero que transitaron y transitarán quienes tomaron decisiones similares y quienes lo harán en el futuro. Es una simple decisión que me hace rechazar colaborar con aquello que asfixia algunas de las expresiones más privadas y profundas de mi humanidad: mi conciencia y mi libertad.

En definitiva, no hago nada más que participar en la filosofía y la práctica que tanta gente ha compartido conmigo con ilusión y cariño: la de la desobediencia civil y la no violencia. Con ello busco interpelar —nunca imponer— a las personas para que, entre todos los seres humanos, podamos construir una sociedad basada en una organización y valores realmente democráticos y solidarios. Es por ello que animo a quien su conciencia se lo pida a que se sume a esta practica política. Únicamente colaborando y sumando esfuerzos podremos cambiar las cosas.

Todo mi afecto a quien haya dedicado un ratito de su vida a leer estas palabras.
Un abrazo para todo el mundo.

Adrián Manuel Vaíllo Garri, miembro del Grupo Antimilitarista Tortuga
Elche, a 14 de noviembre de 2011

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