viernes, 22 de julio de 2011

ESPIRITUALIDAD Y RELIGIÓN: UNA HISTORIA DE DESENCUENTROS


“La espiritualidad es el agua; la religión es la Coca-Cola”
(Carlos Santana, músico)

“No clames diciendo que todas las religiones son vanas, porque en todas ellas hay un perfume de verdad”
(Rumi, poeta y místico persa)

El panorama que presenta nuestra época es, en verdad, sorprendente. Como si los hechos vinieran a confirmar aquella sentencia de que “el siglo XXI será religioso, o no será”, un porcentaje muy significativo de la población del planeta parece buscar en los dogmas del pasado un punto de anclaje y seguridad frente al caos de los acontecimientos, las crisis y la incertidumbre generalizada. Crece el número de adeptos tanto a las religiones reveladas, en particular el Islam, como a sectas y grupos que ofrecen un variopinto recetario con el que responder a los anhelos e inquietudes de las masas. Y sin embargo, …

Sin embargo nunca se han puesto tan de relieve como en nuestros días las insuficiencias de dogmas y creencias que pretenden definir una verdad indudable, revelada y ajena a cualquier tipo de análisis o crítica; nunca han aparecido tan ajenas las religiones tradicionales a las exigencias del verdadero buscador, del “culo espiritual inquieto”, por decirlo de un modo gráfico, es decir, de tantas personas que buscan un despertar auténtico y definitivo, y que, por mor de su insobornable exigencia, no pueden sino sentirse encerradas en una “camisa de fuerza” espiritual -inadecuada a su talla- en las estrecheces y rigorismos de las religiones al uso.
Yendo un poco más allá de los presupuestos fáciles y los tópicos consabidos, pensar en el fenómeno religioso desde cero puede ser un modo de comprender la complejidad del problema.

Si buscamos definir fenomenológicamente la esencia del hecho religioso, encontramos en primer lugar que una religión no es nunca un hecho simple, sino la confluencia de dos principios que se implican mutuamente: por una parte una supuesta “verdad” indiscutible, un credo o dogma revelados, que definen una visión determinada del universo y del lugar del hombre en él; derivada de este dogma, una moral o modo de actuar que condiciona la salvación del creyente. De cada uno de estos dos presupuestos cabe una crítica seria y exigente que puede contribuir a esclarecer la insuficiencia de las religiones tradicionales.

En cuanto al dogma, muchos dirían que el presupuesto básico de toda religión es la existencia de un Dios, o bien de varios dioses, pero siempre pensados como entidades personales, en definitiva como “proyecciones” de nuestro modo de ser. Asumir este punto de partida condena a cualquier religión al más lamentable infantilismo, y muchas críticas del pasado a la religión pasan por la denuncia de este proceder: el “Padre infalible” que señalaba Freud, la sublimación de lo humano que vislumbraron desde Jenófanes hasta Feuerbach, las religiones de Estado cuya función es antes proporcionar cohexión social que conectar al hombre con la trascendencia, etc.

Partir de la hipótesis -Dios- frente al hecho -hombre- revela una torpeza metodológica de la que solo parece salvarse, a priori, el budismo, con su olímpica indiferencia hacia el concepto de divinidad. “Dios” es un supuesto (una instancia interpretativa), y solo resulta coherente desde lo que tiene de negativo -lo que no es- antes que desde la atribución a él de cualidades que solo responden a convenciones humanas, y no al infinito misterio que encierra su mera posibilidad. Dios no es una realidad evidente (por lo que es legítimo dudar de su existencia), cosa que el hombre sí es. Antes que el Dios-persona, deberíamos afirmar lo divino, meta o estadio hacia el que el hombre puede -¿debe?- apuntar. Si el cristianismo presenta un Dios hecho hombre, la religión deseable facilitaría la manifestación de lo divino en la humanidad.

En cuanto a la moral -ley mesiánica, óctuple sendero, mandamiento del amor, etc.-, la rigidez del “haz/no hagas” manifiesta en toda su crudeza esa “camisa de fuerza” espiritual a la que antes me refería, y que los más elevados maestros han desechado (“Ama y haz lo que quieras”, defendía San Agustín, mientras que para los Cátaros “al justo todo le está permitido”). Un Dios que recompensa a quienes siguen servilmente sus designios acaba por parecerse a ese “abridor de puertas a cambio de una propina” con que le compara Cortázar en “El perseguidor”, y respecto al cual sentencia: “No tiene ningún mérito pasar al otro lado porque él te abra la puerta”. Incluso el concepto de “salvación” implica, sutilmente, una condena de la realidad y de la existencia: ¿De qué hay que salvarse, sino de las limitaciones y de la impermanencia que caracterizan nuestra existencia en este planeta? La religión como neurosis encierra un rechazo a nuestra propia realidad, sin cuya aceptación gozosa no cabe abrirse a trascendencia alguna.

En conclusión, la religión es la espiritualidad que se ha instalado en la mente, y por ello se ha esclerotizado y anquilosado. Suministra falsas certezas que muchos entienden como absolutas porque le son confortables a un entendimiento poco exigente, y en esa actitud subyace la trampa del fundamentalismo, tan en auge en nuestros días: la verdad está ya manifestada, solo cabe aceptarla, nunca criticarla, analizarla o corregirla. Ese entender la verdad como el punto de partida (y no una posible meta a alcanzar) es un suicidio espiritual innegable: si un “acto de fe” nos sitúa ya en la verdad, ¿a dónde vamos a ir, puesto que ya estamos en la meta?. De ahí también la comodidad de fijar de forma inalterable la verdad en un texto, como si la letra pudiera encerrar la extraordinaria complejidad de lo sagrado. Las religiones llamadas “del libro” son, de hecho, las que presentan una mayor deslizamiento hacia el fanatismo.

Y sin embargo, ...

Sin embargo una mirada atenta a la historia de las religiones nos revela que en todas ellas, pese a sus caídas y recaídas en el integrismo fanático, ha surgido también, como de un humus en descomposición, las flores de la mística; todas ellas han posibilitado la aparición de maestros elevados que han trascendido la letra muerta del pasado para entrar en el misterio de lo divino no como resultado de un adoctrinamiento, sino como el resultado de una experiencia inefable. El sufismo islámico, la Kabbalah judía, los contemplativos del cristianismo europeo, etc., nos hablan de una posibilidad encerrada en los más rígidos de los credos y que periódicamente se manifiesta, porque, en definitiva responde a la naturaleza inquieta y buscadora del espíritu humano.

Es a esa dimensión contemplativa y experiencial a la que apunta la verdadera espiritualidad. Tal vez el tiempo de las religiones de la certeza haya llegado a su fin, y estemos asistiendo a un renacer de la mística que nos sitúe ante el mundo como ese misterio inagotable que es, retador, gozoso y maravilloso.




(Artículo publicado en el número 130 de la revista "Red Alternativa")

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