jueves, 28 de julio de 2011

EL VIAJE DE LA AYAHUASCA




El "yajé", "daime" o ayahuasca ("banipteriosis caapi"), cuyo nombre en quechua significa "soga del muerto", es una liana que crece en las profundidades de la selva amazónica, y que ha sido empleada con fines depurativos y terapéuticos por los pueblos precolombinos desde tiempos inmemoriales.

Se prepara aislando sus alcaloides tras una prolongada cocción en que se mezcla con hojas de chacruna ("psicotria viridis") -o de alguna otra planta "visionaria": chacropanga, mimosa hostilis, etc.-, proceso que deja un residuo oscuro y espeso.

Este sedimento, extraordinariamente amargo, es la sustancia que el taita o chamán suministra ceremonialmente, sumiendo a la persona que lo toma en un proceso físico y mental que dura varias horas, y que permite conectar con los problemas internos, experimentar regresiones, viajar en el plano astral, alcanzar profundos estados de comprensión, ... o, también, sumirse en la oscuridad del karma impuro y atravesar un auténtico "purgatorio".

No hay dos experiencias iguales, si bien el proceso tras su toma sigue un patrón inicial, a partir del cual se abren diversas posibilidades.

Se recomienda comenzar cerrando los ojos, centrándose en la intención que guía al psiconauta.

Tras un periodo empiezan a aparecer visiones geométricas que se van volviendo progresivamente más complejas: grecas, arabescos, fractales, ... Los estímulos del exterior: música, ícaros (los cantos con que el chamán dirige la energía), etc., se integran en la mente del participante de un modo parecido a como ocurre en las primeras fases del sueño, dándose con frecuencia fenómenos de sinestesia (reacción de un sentido ante los estímulos que corresponden a otros, como captar sonidos como colores). Las visiones pueden ser de una viveza extraordinaria, adornadas de una plasticidad que puede resultar abrumadora.

A los primeros efectos en el orden de la percepción puede seguir un estado de náuseas y malestar profundo que desemboque en el vómito (algunas personas les acaece hacia el final del proceso, siendo posible también la diarrea). Es el modo en que el cuerpo se depura de toxinas y residuos digestivos nocivos, por lo que a esta "purga" le sigue una gran sensación de alivio. Conozco incluso el caso de una persona que expulsó varios pequeños cálculos en el transcurso de una toma.

El proceso mental e introspectivo, como ya dije, puede expandirse en múltiples direcciones. El maestro de uno de mis iniciadores, Juan Ruíz "Naiparu", las resume diciendo que el viaje de la ayahuasca puede ser el recorrido de la serpiente (a ras de tierra: miedo, pesares, fobias, traumas, ...), del jaguar (el ego tal como funciona en la vida cotidiana: realidad social, familia, enfrentamientos, ...) o del águila (recorrido celeste, vuelo psíquico, visiones del más allá, contacto con entidades de luz, etc.). También puede ser una mezcla de los tres, puesto que diversos estímulos pueden cambiar y enriquecer el "rumbo" del viaje (el contacto con otros participantes, las intervenciones del oficiante, etc.). Las ceremonias grupales suelen generar su propia energía, creando fuertes sentimientos de amor y fraternidad hacia personas a las que quizá se acaba de conocer.

Dada la enorme variedad de vivencias que caben en el viaje de la ayahuasca, enumero aquí las que se dan más comunmente: distorsiones perceptivas, sinestesia, estado de beatitud, presentación de intuiciones intelectuales -a veces muy complejas- como imágenes, visiones de arquitecturas fantásticas, sensación de ingravidez, visión del aura, estados introspectivos extremadamente profundos, audición de sonidos lejanos, percepción de imágenes cósmicas, expresión de emociones reprimidas e hiper-excitación mental. Hay personas que refieren episodios de telepatia, aunque no he constatado este extremo en las ceremonias en que he estado presente.

El proceso puede resultar agotador, pero su efecto es siempre sanador: nudos emocionales y traumas aparecen con claridad, lo que, como ha dicho alguien, ahorra decenas de sesiones de psicoterapia. Poniendo el conocimiento de su problema directamente en manos de quien lo padece, la ayahuasca empuja al sujeto a adquirir responsabilidad sobre su vida. Durante milenios, los pueblos indígenas de Sudamérica han hecho de ella su medicina, e integrado su administración en su peculiar y rica sabiduría.

En nuestros días esta planta sagrada se va haciendo presente en Europa, particularmente en España por su vinculación directa con Hispanoamérica, si bien los pioneros en su uso se ven obligados, a causa de la actitud inquisitorial de las autoridades, la desconfianza supersticiosa de los "bien pensantes" -y mejor instalados-, y el vacío legal sobre su uso, a facilitar su acceso en condiciones de semi-clandestinidad.

Así, el pasado mes de abril, el editor y terapeuta Alberto Varela fue absuelto por la Audiencia Provincial de Madrid de la acusación de delito contra la salud pública por la tenencia y administración de esta planta sagrada, a la que la Agencia del Medicamento quiso hacer pasar por estupefaciente pese a que tres análisis consecutivos descartaron la presencia de sustancias prohibidas en ella. Eso sí, manteniendo al acusado en prisión preventiva durante los catorce meses en que se realizaron los parsimoniosos análisis, en aplicación del principio por el que, para la administración española, uno es culpable hasta que no demuestre su inocencia.

Dentro de la política general de persecución de todo lo que contribuya a la liberación del espíritu humano, la O.N.U. -es decir, la misma organización que dice reconocer los derechos de los pueblos indígenas-, en su informe anual sobre narcóticos ha dirigido una recomendación a los gobiernos del mundo abogando por la prohibición del uso de plantas sagradas, en particular, la ayahuasca y la iboga. Es la vieja política de la represión que tantas veces hemos padecido, porque permitir un agente tan poderoso para el descondicionamiento de la mente pone a muchas personas en el sendero del despertar, justo lo que los poderes establecidos más temen.

Es por ello que ICEERS (Centro para la Investigación, Estudio y Servicio Etnobotánico) ha hecho una llamada a recoger firmas contrarias a esta demonización de las medicinas indígenas tradicionales. Ésta es la página para firmar: http://iceers.org/what-we-do/campaigns.html


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1 comentario:

  1. Excelente comentario. También he tenido la suerte de trabajar con ayahuasca y corroboro lo que escribes. En ningún caso se trata de una droga, pues no genera adición. Eso sí, es como dejas bien claro un potente enteógeno, cuya principal virtud consiste en poner en contacto al sujeto de la experiencia con su mundo interno, con una profundidad y claridad de conciencia en muchos casos sobrecogedora. Este tipo de experiencias pueden resultar, en contextos adecuados, profundamente terapéuticas, aportando a las personas que usan la ayahuasca con fines serios, un excelente camino de introspección y sanación.
    En el lado negativo, no tanto por la planta, sino por los diversos contextos en que puede ser utilizada, destaco (algo que yo mismo he experimentado en cierta medida) la propensión que experimentan algunas personas a quedar ancladas alrededor de las experiencias vividas durante las sesiones de toma. Dicho en pocas palabras: adición a las experiencias espirituales.

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